
La Ratonera, en el Teatre Apolo de Barcelona, es una apuesta por el misterio que sigue enganchando al público. La obra más longeva del teatro de no-ficción mundial llega de nuevo a la Ciudad Condal con todas sus trampas bien armadas. Una noche de nieve, secretos y sospechas que promete hacerte dudar de todo.
Adaptada por Ignasi Vidal, esta versión parte del relato Tres ratones ciegos de Agatha Christie, el clásico policial que ha tenido continuidad ininterrumpida en el West End londinense durante más de siete décadas y se ha representado en más de 90 países. La trama nos sitúa en la pensión Monkswell Manor, aislada por una tormenta de nieve, donde un grupo de personajes —entre huéspedes y forasteros— se ve envuelto en el misterio de un asesinato recién ocurrido en Londres. A medida que las sospechas crecen, los vínculos se tensan y el público se convierte, inevitablemente, en parte del juego de deducción.
Ignasi Vidal es el encargado de la dirección de un montaje que se mantiene fiel a la estructura clásica de Agatha Christie, pero con un ojo puesto en los lenguajes escénicos contemporáneos. Vidal compone una puesta en escena que explota las posibilidades del suspense sin caer en el manierismo, cuidando especialmente el ritmo de las escenas y la construcción de la tensión dramática. El resultado envuelve al espectador en una atmósfera que exige su atención constante, donde cada pausa y cada mirada adquieren un peso específico.
La dramaturgia del libreto celebra la precisión del texto original de Christie: cada frase tiene un propósito, cada silencio es un signo, y la acumulación de pistas y rumores conduce a un desenlace sorpresivo que sigue siendo eficaz y desafiante. Este equilibrio entre tradición y pequeñas pinceladas de modernidad narrativa es uno de los logros de esta versión, que no intenta subvertir el clásico, sino traerlo al presente respetando el espíritu de la obra.
En esa línea, Vidal no intenta reinventar la rueda —ni falta que hace— pero sí insufla un tempo más ligero mientras introduce referencias que conectan con el espectador actual, como guiños sutiles a la dependencia digital, las apps de citas o ciertos códigos contemporáneos de relación. Estas decisiones pueden chocar con los espectadores más puristas, que quizá esperen una Ratonera más oscura, cerrada y fiel al clasicismo británico más recio. Aun así, la dirección actoral demuestra una clara conciencia de que, en una obra donde el misterio es rey, el peso de las tensiones internas y de las pausas entre líneas es tan importante como las propias palabras.
En escena, el elenco demuestra solvencia y complicidad con la propuesta. Octavi Pujades, Bernat Quintana, David Bagés, Rebeca Valls, Lola Moltó, Leo de Bari, Vanessa Cano y Bruno Tamarit construyen personajes bien perfilados que navegan con acierto entre la ironía y el desconcierto. Cada intérprete aporta matices que ayudan a trazar esa red de sospechas que mantiene al público alerta. Aunque la obra exige a veces un registro marcado por el estilo clásico del género, todos encuentran momentos para apropiarse del texto y explorar la psicología de sus respectivos personajes, sosteniendo con eficacia el juego colectivo del misterio.
La parte técnica del espectáculo refuerza ese entramado de atmósferas. El diseño de escenografía de Z Escenografía apuesta por una lectura menos victoriana y opresiva del espacio original, transformando la tradicional pensión Monkswell Manor en una especie de hotel de líneas más contemporáneas, dominado por un gran ventanal que aporta amplitud visual y una estética más estilizada. Esta elección escenográfica dialoga con la mirada actual de la puesta en escena y aleja ligeramente la propuesta del imaginario clásico más oscuro. El vestuario diseñado por Pascual Peris subraya las personalidades y relaciones entre los personajes, mientras que el espacio escénico concebido por Zvonimir Ostoic, junto con la caracterización de Inma Fuentes, completa una puesta en escena que se siente sólida y coherente. Por su parte, el espacio sonoro de J.J. Machuca aporta textura y tensión, intensificando el suspense y convirtiendo cada silencio en un elemento dramático más.
La Ratonera en el Teatre Apolo de Barcelona demuestra que los clásicos siguen teniendo mucho que decir sobre el escenario. Es cierto que algunos espectadores pueden esperar encontrar una ratonera más clásica, más sombría y más cercana al imaginario británico tradicional. Sin embargo, el acercamiento contemporáneo que propone Ignasi Vidal no desentona y aporta un aire renovado que permite redescubrir el texto desde otra perspectiva. Al final, el misterio sigue funcionando, el público sigue jugando a adivinar al culpable y la magia del teatro vuelve a demostrar que, incluso después de tantos años, algunas trampas siguen siendo irresistibles.
Crítica realizada por Norman Marsà




