
Pasado el ecuador de la temporada, resuenan con fuerza en Barcelona nombres como los de Marc Artigau y Clara Segura. El primero firma Una festa a Roma, la obra que estos días ocupa la sala del Teatre Lliure de Gràcia; la segunda se pone al frente de la dirección. Juntos configuran uno de los platos fuertes de este 2025-26, una propuesta que aborda el Alzheimer y el amor en la tercera edad con sensibilidad y con un buen humor que desarma.
En esencia, el texto de Artigau nos invita a adentrarnos en la mente de Romina, una mujer de 76 años recién diagnosticada de Alzheimer. La conversación que mantiene con su hijo Guillem, de 40, desde el momento del diagnóstico y a lo largo de toda la obra, se convierte en el hilo conductor que nos permite comprender cómo se reorganiza el mundo interior de una paciente con esta enfermedad degenerativa. A través de la historia de ambos, la obra señala el papel fundamental —y a menudo tan complejo— de los cuidadores, al tiempo que reivindica el respeto imprescindible hacia quienes transitan la tercera edad.
En Una festa a Roma, este homenaje se articula a través de Romina y de Juli, Josepa y Jeroni, los compañeros que encuentra en la residencia donde termina ingresada en contra de su voluntad. El redescubrimiento del amor junto a Juli —y la manera en que lo viven Guillem y Estel, la hija de él— funciona como el motor del texto para reclamar la libertad y el respeto que siguen siendo tan necesarios en la etapa final de la vida.
Artigau, además, consigue unificar todos estos aspectos bajo el manto de la comedia, tratando incluso los temas más delicados, como la muerte, con un sentido del humor sorprendentemente luminoso. Por su parte, Clara Segura, con amplia experiencia escénica como actriz, dirige el montaje —como ya hiciera con La trena— aportando una sensibilidad que vuelve a ser decisiva. Gracias a su mirada, y a ese excelente trabajo en la dirección en el que la ayudantía está a cargo de Montse Vellvehí, el espectáculo encuentra un equilibrio preciso entre drama y humor.
Y junto al texto y la dirección, el trabajo actoral es sobresaliente. Marta Angelat, en el papel principal, encarna la decadencia de la enfermedad y se desplaza con gran naturalidad y maestría entre presente y pasado. Convierte a Romina en un personaje adorable que conquista, sin duda, a toda la platea. Oriol Vila, en la piel de Guillem, ofrece una interpretación fresca y al mismo tiempo cargada de dramatismo. Da vida a un hijo que adora a su madre, pero que también necesita un largo trayecto para llegar a comprender todo lo que está ocurriendo. Vila destaca por el amor y la ternura que desprende, especialmente visibles en esas miradas dulces hacia Romina que se mantienen hasta el final.
El trabajo del resto del elenco es, sin duda, excepcional también. Todos y cada uno de ellos contribuyen al éxito del montaje con interpretaciones sólidas y memorables. Gemma Martínez e Isabel Rocatti conforman la otra parte femenina del reparto. Martínez, encargada de varios personajes, provoca que la primera escena en la residencia —en su papel de monitora del taller— se convierta en una de las más divertidas. Rocatti, por su parte, da vida a una Josepa deliciosamente gamberra. Su conversación con Guillem, ácida y dulce a partes iguales y cargada de verdades profundas, es uno de los mensajes más significativos de la función.
El trabajo de Lluís Marco, uno de los actores de la llamada “cuarta edad” —como él mismo la define— más reconocidos del teatro barcelonés, aporta un personaje que encuentra la felicidad al final de sus días junto a Romina, después de un largo período de amargura. Su amplia experiencia le permite construir una figura llena de matices, probablemente uno de los personajes con más capas de la obra. Es un recorrido emocional que florece a medida que avanzan los minutos y que consigue que el público se encariñe con ese Juli quejica, malhumorado y, a la vez, profundamente amante de la vida. Xavier Boada y Albert Triola completan este fabuloso elenco con interpretaciones que hacen reír de manera constante, aportando frescura y simpatía como contrapunto que oxigena una historia que, en el fondo, se recuesta en la tristeza.
Como complemento —aunque con protagonismo propio—, los aspectos técnicos del montaje, como la escenografía de Jose Novoa, la iluminación de Kiku Planas y el vestuario de Marian Coromina, entre otros, resultan esenciales y del todo apropiados para dar forma a la idea original de Artigau. Las luces, a veces brillantes y otras más atenuadas; los muros móviles que van transformando el espacio; los personajes que aparecen y desaparecen o quedan en segundo término, desenfocados o entre sombras, son recursos visuales que permiten al espectador materializar y adentrarse en la mente fragmentada de una persona con Alzheimer.
El desplazamiento forzado que ha vivido este colectivo en los últimos años —por la irrupción casi repentina de la tecnología en el día a día—, unido al deterioro del respeto de las nuevas generaciones hacia las anteriores, ha hecho que, a veces, olvidemos algo esencial: como recordaba Marta Angelat en una entrevista reciente, las personas mayores solo son gente joven que se ha hecho mayor. Una festa a Roma invita a un ejercicio de conciencia sobre cómo estamos tratando a nuestros mayores y eleva su dignidad hasta el lugar que realmente merece: un espacio de reconocimiento que el teatro ayuda a mantener vivo.
Crítica realizada por Diana Limones




