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02.03.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Gigante – Crítica 2026

Hay obras que, aunque hayan nacido en otro tiempo, parecen hablar directamente del presente. Gigante, en el Teatro Bellas Artes de Madrid, es un ejemplo de ello. Una obra pensada como un esbozo de la vida del escritor Roald Dahl que aborda los límites de la libertad de expresión, el antisemitismo y la responsabilidad del artista que es interpretado por José María Pou.

El teatro no es un mero entretenimiento ni un simple espacio de evasión, sino una herramienta poderosa que nos permite reflexionar y atravesar de manera crítica nuestra época. Sobre el escenario no solo se representan historias: se ponen en juego conflictos sociales, heridas colectivas, preguntas incómodas y tensiones que atraviesan la sociedad. Cuando el teatro asume esa dimensión crítica, deja de ser un espectáculo pasivo para convertirse en un acto de conciencia compartida entre quienes están sobre las tablas y quienes observan desde el patio de butacas.

Personalmente, disfruto mucho cuando una obra no se limita a distraer, sino que me interpela, me incomoda y me obliga a pensar más allá de la función. En ese sentido, Gigante lo consigue porque trasciende lo narrativo y se convierte en una experiencia que invita a cuestionarnos y acercarnos a las luces y las sombras de Roald Dahl, un escritor que ha acompañado a muchos de nosotros, desde la infancia, en el descubrimiento y la pasión por la lectura.

Bajo la dirección de Josep Maria Mestres e inspirada en hechos reales, la obra de Mark Rosenblatt ofrece un retrato multifacético del famoso escritor. Sin embargo, más allá del texto, es en la dirección actoral donde reside gran parte de la fuerza del montaje. Mestres demuestra una mirada precisa, capaz de sostener la tensión dramática sin caer en el exceso, permitiendo que los intérpretes construyan personajes complejos y llenos de matices porque la dirección no impone, sino que acompaña y afina.

Resulta especialmente valiente que Rosenblatt eligiera este tema para su ópera prima; no se trata de un asunto cómodo ni complaciente. El autor explora, con una agudeza no exenta de humor, cómo la palabra pública puede convertirse en un arma de enorme alcance. Gigante sitúa la acción en una sola tarde, en la casa de Dahl, quien revisa las pruebas de su último libro mientras el escándalo provocado por un artículo antisemita publicado recientemente continúa creciendo y, enfrentado a una interlocutora inesperadamente vehemente, se ve obligado a decidir entre disculparse públicamente o poner en riesgo su fama y reputación. A través de este duelo dialéctico, el autor no solo construye un intenso enfrentamiento dramático, sino que plantea una reflexión profunda sobre la responsabilidad del artista, los límites de la libertad de expresión y el peso de las palabras en el espacio público.

Mención aparte merece José María Pou, cuya presencia escénica convierte cada función en un acontecimiento. Estar sentado en una butaca mientras él actúa sobre las tablas es, sin exagerar, uno de los mayores lujos que un amante del teatro puede experimentar. Pou posee la capacidad de llenar el escenario sin artificios, sosteniendo la atención del público con la precisión de su palabra, la profundidad de su voz y una gestualidad extraordinaria; su interpretación no se limita a encarnar un personaje, sino que lo habita con una verdad y una complejidad admirable. Asistir a su trabajo es recordar por qué el teatro, cuando está en manos de grandes intérpretes, se convierte en una experiencia irrepetible.

También merece destacarse la interpretación de Clàudia Benito, cuyo trabajo resulta extremadamente enérgico y dinámico; su actuación va de menos a más, construyendo tensión y emoción a medida que avanza la obra, y demostrando una gran versatilidad y control escénico.

Completan el reparto Victòria Pagès, Pep Planas, Aida Llop y Jep Barceló, todos ellos simplemente maravillosos. Su trabajo coral resulta extraordinario y constituye, sin duda, la columna vertebral de la obra. Cada uno aporta matices, ritmo y profundidad, creando un entramado interpretativo que sostiene el montaje y permite que la historia fluya con naturalidad y fuerza porque, más allá de las actuaciones individuales, la cohesión y la química grupal convierte la obra en una experiencia teatral memorable.

La escenografía, a cargo de Sebastià Brosa, recrea con detalle el salón en obras de la casa del escritor inglés, acompaña y potencia de manera precisa todo lo que sucede sobre las tablas. La iluminación, de la mano de Ignasi Camprodon, juega un papel fundamental en la obra, reforzando tanto la atmósfera como la tensión dramática. Todos los aspectos técnicos de la obra funcionan de maravilla y permiten que la historia cobre vida de manera fluida para que el público se sumerja por completo.

Yo ya aviso: quien tenga la oportunidad de verla, no debería dejarla escapar; es un verdadero lujo para cualquier amante del teatro.

Crítica realizada por Patricia Moreno

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