
Tras su estreno en 43º Festival del Otoño de Madrid, vuelve a Réplika Teatro la última creación de Marina Otero, AYOUB, un viaje de ida y vuelta al Norte, a Occidente; una reflexión sobre la salvación, el extractivismo, el amor el tiempos del genocidio en Gaza y las fronteras visibles e invisibles del sujeto como objeto de creación en la autoficción. Una genialidad de LA autora bonaerense.
El equipo responsable de AYOUB se articula bajo la dirección y el texto de Marina Otero, con la supervisión de textos de María Velasco y la interpretación en escena de Ibrahim Ibnou Goush junto a la propia Otero. El apartado visual y multimedia cuenta con Florencia de Mugica en cámara y Daniela García en la edición de vídeo, mientras que la configuración atmosférica se completa con el diseño de iluminación de Facundo David y el diseño de sonido de Antonio Navarro, bajo la coordinación técnica y técnica en gira de Giancarlo Pia Mangione.
Esta vez Pablo no es el oscuro objeto de deseo de Marina Otero. Ayoub apareció vendiendo sus dulces en la ciudad de Tánger, cuando lo que la autora estaba buscando es alguien que respondiese al cartel que colgó por las calles ofreciendo amor, papeles y una vida en Madrid. Un Occidente gentrificado, hostil, gobernado por fascistas y con una escena de creación en cuidados paliativos. Supuestamente, esto es una oferta que ningún hombre amante del fútbol podría rechazar. Un «puta, qué ofertón» de manual. Papeles a cambio de unos ojos negros infinitos. Vivir en la tierra de la libertad fascista, a cambio de una foto con tu nombre escrito con pinzas para la ropa. Un mestizaje de fluidos y costumbres a cambio de poder seguir generando contenido creativo sobre tu propia vida.
Recién vuelto de Berlín, de visitar el campo de concentración de Sachsenhausen, de comer currywurst, kebab en el Delikato, entrar en Berghain sin esfuerzo y leer todas las confrontaciones del secuestro ideológico culpable de gran parte de la población alemana abrazando el sionismo y apoyando el genocidio en Gaza (cobarde Berlinale); Marina Otero comienza AYOUB leyendo un comunicado de un teatro de Berlín que le pedía revisar el texto de un proyecto a estrenar, por sus referencias al Genocidio, alegatos a Palestina Libre y que se aplicase una mordaza para no herir sensibilidades ni conciencias. Esta semana, todo es Berlín y Alemania. Hasta en el Lidl es la semana alemana. Perfect timing.
No es casualidad que AYOUB tenga ecos a Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos de María Velasco, y que «Circulan amenazas de guerra entre Israel e Irán, en Europa y en América se abre paso el odio de la ultraderecha tú escribes «Te quiero, te amo, te adoro». Me preguntas: «¿Cómo estás'». Mejor que nunca: Aterrada.» podría formar parte de AYOUB también, porque el alien podría ser Ayoub, y ese otro proyecto precisamente la abducción de Marina Otero por Ayoub, y el ovni, el avión de Ryanair para viajar a Marruecos. Obras hermanas y hermanadas, donde Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos es la obertura y AYOUB, la clausura del amor.
Y es que precisamente el tercer acto con Ibrahim Ibnou Goush y Marina Otero me lleva a esa Bárbara Lennie e Israel Elejalde, gritándose por turnos, sepultando un amor que fue; pero lo que allí era snobismo puro, y clase acomodada sin perspectiva alguna de nada, el adiós de Ayoub y Marina, 15 años más tarde, se siente doloroso, y abre toda esa caja de Pandora de dilemas éticos y morales que se han ido adelantando en el alegato de Marina durante dos actos, y en el que ahora Ayoub toma la palabra. Fantástico cierre para dos conciencias conscientes y responsables tras los que han compartido.
La oratoria de Marina Otero es perfecta: el tono, el ritmo, la cadencia, los certero del mensaje. Su mirada y experiencia como migrante y lo que se despierta en ella cuando repara en su figura de salvadora blanca occidental de un falso oriental, sobre el que deposita todas las esperanzas de acción reparadora de los conflictos armados actuales, como la pequeña acción que ejercemos todas al reciclar nuestras botellas de plástico de suavizante para ropa, y cajas de pizza depositadas en el cubo correcto «porque ese cartón ya no es reciclable»; Ayoub se convierte en un cubo de reciclaje de conciencia blanca del «primer mundo» como proyecto asumible para acabar con la violencia de todos los conflictos armados del mundo.
Esta misma semana vi un proyecto donde la vídeoescena replicaba la acción del escenario, como una forma de multipantalla y pretendida elevación de un mensaje manido, buenista, y de versatilidad del proyecto escénico. Imágenes grabadas como serie al peso de Netflix, con música sentimental, mucho dron e interpretaciones de video educacional para institutos. AYOUB, por contra, utiliza el video como complemento perfecto y acento irónico a toda la narrativa del proyecto de amor de Marina Otero: las fotos editadas, los nudes íntimos, los videos moñas con primitos que saludan, mensajes de amor borrados por la marea, herramientas de anotación móvil que unen países con trazo tembloroso. Todo está concebido como aporte y nada como consumo de minutos de un proyecto escénico. Cada uno de los 75min de AYOUB son relevantes y necesarios, como golpear un saco al ritmo de una balada de Luis Miguel o Luis Fonsi (same same).
Me honra poder compartir linea temporal y momento contemporáneo con Marina Otero, a la que me acerqué por las pijas argentinas, pero me quedé por lo punki, lo honesto, la inmediatez de su obra, lo relatable de su discurso, y por su humor dirigido como un derechazo con su propia mejilla: bofetones de realidad autoficcional como los que me doy yo mismo frente al espejo al que no soporto enfrentarme.
Crítica realizada por Ismael Lomana




