
El 18 de febrero de 2026, el Gran Teatre del Liceu de Barcelona recibió a Nadine Sierra y Ludovic Tézier en un recital que, sin escenografía, tuvo la intensidad de una gran noche de ópera. Virtuosismo, inteligencia musical y carisma bastaron para convertir la cita en todo un acontecimiento.
La velada se planteó como un recorrido por el gran repertorio romántico, con especial atención a Verdi, Gounod y el bel canto italiano, alternando intervenciones solistas y dúos que permitieron apreciar tanto la individualidad de cada artista como la química entre ambos. Un programa pensado para el lucimiento, sí, pero también para el diálogo expresivo, para el contraste entre la luminosidad cristalina de la soprano y la nobleza oscura del barítono.
Nadine Sierra desplegó esa combinación de frescura tímbrica y precisión técnica que la ha convertido en una de las sopranos más solicitadas de su generación. Sus incursiones en el repertorio francés brillaron con especial intensidad, delineando frases largas con un legato sedoso y coronando las cabalette con agudos firmes, esmaltados y siempre musicales. Pero fue en el terreno verdiano donde el termómetro del público subió varios grados: cada regulador, cada filado sostenido en el aire, provocaba ese silencio expectante que precede al estallido de aplausos. Hubo bravos sinceros y prolongados tras sus arias más exigentes, celebradas no solo por la pirotecnia vocal sino por la intención dramática que supo imprimirles.
Ludovic Tézier, por su parte, ofreció una lección de canto noble y estilizado. Su instrumento, homogéneo en todos los registros, llenó la sala sin esfuerzo aparente, apoyado en una dicción ejemplar y un fraseo que huye del efectismo fácil. En sus arias verdianas —auténtico territorio natural— encontró algunos de los momentos más ovacionados de la noche: medias voces de terciopelo, acentos incisivos y un control del fiato que permitió construir arcos expresivos de gran amplitud. Cada intervención suya era recibida con una mezcla de respeto reverencial y entusiasmo creciente.
En los dúos, la complicidad fue evidente. Lejos de competir, Sierra y Tézier se escucharon, respiraron juntos y moldearon dinámicas con inteligencia compartida. El equilibrio entre ambos timbres —la luz y la sombra— regaló instantes de auténtico teatro sin escenografía, demostrando que basta una mirada y una intención clara para crear tensión dramática en pleno recital.
El acompañamiento al piano de Véronique Werklé fue mucho más que un soporte armónico. Atenta a cada respiración y flexible en los tempi, Werklé supo colorear las introducciones, subrayar transiciones y sostener los clímax sin invadir nunca el espacio vocal. Su toque, elegante y preciso, funcionó como una red invisible sobre la que los cantantes pudieron arriesgar con plena confianza.
Y cuando parecía que la velada había alcanzado su cénit, fuera del extraordinario repertorio marcado llegaron los bises. Nadine Sierra regresó primera al escenario para interpretar un interesante arreglo del bolero Bésame Mucho acompañada de su pareja al contrabajo. Para su primer bis, Ludovic Tézier optó por Piccola Zingara de la ópera Zazá, de Leoncavallo. Para finalizar, los dos se unieron para interpretar el dúo de Don Giovanni, La ci darem la mano en el que la complicidad y la euforia de la noche se hicieron presentes.
La conclusión fue clara: el Liceu vivió una de esas noches que se comentan durante semanas. La excitación en la sala era palpable, casi febril; el público, puesto en pie, reclamó una y otra vez la presencia de los artistas, que salieron a saludar en repetidas ocasiones entre aplausos ensordecedores. No fue solo un recital, fue una celebración del canto en estado puro, una demostración de que cuando la excelencia se encuentra con la generosidad escénica, la locura colectiva está más que justificada.
Crítica realizada por Norman Marsà




