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18.02.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
La Gioconda – Crítica 2026

Pocas óperas abrazan el exceso con tanta convicción como La Gioconda de Ponchielli, y su regreso al Gran Teatre del Liceu de Barcelona confirma que el melodrama, cuando se ejecuta sin miedo, sigue siendo un arma de altísimo voltaje emocional. Una ópera que se vive como un vendaval de pasiones extremas, de arias que desgarran y silencios que pesan como sentencias.

La partitura de Amilcare Ponchielli despliega pasión, traición y sacrificio en un fresco sonoro de ambición casi cinematográfica, que exige tanto músculo vocal como verdad escénica y resistencia dramática. Esta nueva producción no solo recupera un emblema del repertorio italiano más torrencial, sino que lo somete a una lectura estética y teatral que invita a redescubrirlo con ojos contemporáneos, sin limar sus aristas ni domesticar su intensidad.

Ambientada en la Venecia del siglo XVII, la ópera sigue el trágico destino de Gioconda, una cantante callejera enamorada de Enzo Grimaldo, noble proscrito que a su vez ama a Laura Adorno, esposa del poderoso Alvise Badoero. En medio de intrigas políticas y venganzas personales, el espía Barnaba teje una red de manipulación que arrastra a todos hacia un desenlace fatal. Celos, sacrificios imposibles y una moral corroída por el poder construyen una tragedia donde el amor no redime, sino que condena.

La dirección escénica de Romain Gilbert apuesta por subrayar la dimensión humana de los personajes sin renunciar a la grandilocuencia inherente al título. Su trabajo incide en la fisicidad del conflicto, en las miradas que sostienen más que los propios recitativos y en una tensión constante entre lo íntimo y lo espectacular. Gilbert dibuja relaciones claras, casi quirúrgicas, que permiten entender las motivaciones incluso en los momentos de mayor desmesura musical, evitando que el exceso derive en caricatura.

En ese engranaje dramático, la coreografía de Vincent Chaillet —especialmente en la célebre Danza de las Horas— se integra con inteligencia en la narrativa. Lejos de convertirse en un simple paréntesis ornamental, el ballet funciona como espejo alegórico del devenir trágico de los protagonistas. Chaillet combina precisión académica y teatralidad, aportando dinamismo visual sin desdibujar el tono sombrío que impregna la propuesta.

En el plano interpretativo, Saoia Hernández compone una Gioconda de entrega total: voz caudalosa, agudos firmes y una intensidad dramática que no teme el abismo emocional del personaje. Ksenia Dudnikova dota a Laura de una nobleza herida, con un timbre homogéneo y un fraseo elegante que equilibra fragilidad y determinación. John Relyea construye un Alvise imponente, de graves sólidos y presencia escénica intimidante, mientras que Violeta Urmana aporta experiencia y autoridad en cada intervención, matizando con inteligencia sus líneas. Michael Fabiano encarna a Enzo con arrojo y lirismo apasionado, proyectando con claridad en los momentos más exigentes, y Gabriele Viviani ofrece un Barnaba sinuoso y magnético, sosteniendo la tensión dramática con una actuación calculadamente perturbadora. En los roles de apoyo, Roberto Covatta, Guillem Batllori, Dimitar Darlev y Maxime Nourissat cumplen con solvencia, integrándose con precisión en el conjunto y reforzando la cohesión escénica.

Visualmente, el espectáculo se apoya en la escenografía de Etienne Pluss, que articula espacios de gran plasticidad, casi pictóricos, evocando una Venecia sombría y opresiva. El vestuario de Christian Lacroix despliega riqueza cromática y detalle artesanal, subrayando jerarquías sociales y estados emocionales con un refinamiento reconocible. La iluminación de Valerio Tiberi modela volúmenes y atmósferas con sutileza, alternando claroscuros que potencian la sensación de fatalidad y subrayan el carácter trágico del relato.

En el foso, la Orquesta Sinfónica del Liceu, bajo la dirección de Daniel Oren, ofrece una lectura expansiva y vibrante, acentuando contrastes y cuidando la respiración de los cantantes. Oren entiende el pulso verdiano que late en Ponchielli y lo conduce con energía, evitando que la densidad orquestal ahogue la línea vocal. El Coro del Gran Teatre del Liceu, dirigido por Pablo Assante, muestra potencia y cohesión, mientras que el Cor Infantil de l’Orfeó Català, dirigido por Glòria Coma i Pedrals, aporta un matiz luminoso y delicado en sus intervenciones.

En conjunto, esta La Gioconda en el Liceu es un recordatorio de que el melodrama, cuando se defiende con convicción y rigor, puede ser profundamente contemporáneo. Hay exceso, sí, pero también verdad; hay espectáculo, pero también emoción descarnada. Y en tiempos donde a veces se teme la intensidad, encontrarse con una ópera que late sin pedir permiso es, sencillamente, un lujo que merece vivirse en directo.

Crítica realizada por Norman Marsà

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