
Bonobos llega al Eixample Teatre de Barcelona con vocación de carcajada desatada y sin ningún complejo. Esta producción de Mer Roman (Artículos de Conya) apuesta por una comedia física y deslenguada que convierte un enredo improbable en pura fiesta escénica. Y sí, uno sale con agujetas de tanto reír.
La premisa es tan sencilla como endiabladamente eficaz: tres amigos comparten una misma circunstancia que condiciona su relación con el mundo y, especialmente, con las mujeres: cada uno de ellos tiene una discapacidad. Uno es mudo, otro es sordo y otro es ciego. Incapaces de afrontar con naturalidad sus inseguridades, idean un plan disparatado para conquistar sin revelar aquello que temen que los haga vulnerables. A partir de ahí se encadenan equívocos, citas imposibles y una red de mentiras piadosas que, como en toda buena comedia de enredo, amenaza con estallar en el momento más inoportuno. La obra juega con la idea de la discapacidad —o con aquello que percibimos como tal— para desmontar prejuicios y recordarnos que, en el fondo, todos maquillamos nuestras propias carencias.
La dirección de Borja Rabanal y Mònica Macfer entiende que esta función no puede caminar: debe correr, tropezar y volver a levantarse sin perder jamás el ritmo. Ambos orquestan el caos con precisión milimétrica, marcando un tempo vertiginoso que no deja espacio para la distracción. Aquí la comedia no es solo texto, es también coreografía: cada pausa está medida, cada mirada tiene intención y cada caída forma parte de una partitura física que convierte lo que podría ser un simple enredo en un engranaje cómico perfectamente afinado.
La dramaturgia —adaptación del texto original de Laurent Baffie realizada por Julián Quintanilla— apuesta por el gag rápido, el diálogo afilado y la acumulación progresiva de situaciones límite. Bajo su superficie gamberra late, sin embargo, un mecanismo muy bien construido. La obra no se limita a buscar la risa fácil, sino que utiliza el exceso para hablar de identidad, aceptación y amistad masculina sin caer en la moralina. El texto es consciente de su propio disparate y lo abraza, rozando lo políticamente incorrecto para, paradójicamente, humanizar a sus personajes.
El elenco —Ariana Bruguera (quien comparte personaje con Mireia Òrrit), Marta Fíguls, Gemma Iglesias, Jaume Casals, Carles Pulido y Benjamí Conesa— se entrega sin red, y ahí reside buena parte del éxito. Los tres actores protagonistas construyen un trío cómico perfectamente compenetrado, donde el trabajo gestual resulta tan esencial como la réplica verbal. Sus cuerpos se convierten en herramienta narrativa: exageran tics, modulan movimientos y transforman cada entrada y salida en pequeños números de clown contemporáneo que disparan la carcajada. Las actrices, lejos de limitarse al papel de contrapunto romántico, aportan carácter, ritmo y una energía que eleva el conjunto, sosteniendo el pulso cómico y sumándose al juego físico con admirable precisión. Hay química, escucha y una generosidad escénica palpable que se traduce en risas compartidas y constantes.
En el apartado técnico, la escenografía apuesta por un espacio funcional y sencillo, construido a base de módulos que facilitan el dinamismo continuo de la acción. La iluminación de Néstor González subraya los cambios de situación con transiciones limpias y eficaces, mientras que el vestuario perfila a los personajes con claridad y los lleva hacia la caricatura esperada. El diseño sonoro de Alan Brizuela remata los momentos clave con guiños que refuerzan el ritmo cómico. Todo está al servicio de una maquinaria que no se detiene ni un segundo.
En definitiva, Bonobos es una comedia loca, desacomplejada y profundamente divertida que encuentra en el trabajo físico y coral de su elenco su mayor virtud. Una hora y media de risas casi ininterrumpidas que reivindica el placer del teatro como espacio de liberación colectiva. Si lo que buscan es desconectar del mundo y reconciliarse con la carcajada pura, aquí tienen una apuesta segura.
Crítica realizada por Norman Marsà




