
En La Villarroel de Barcelona, Els Fills irrumpe como un drama íntimo que golpea sin alzar la voz. Un reencuentro, un pasado nuclear y una herencia moral que incomoda bastan para atraparnos desde el primer minuto. La obra convierte una conversación aparentemente cotidiana en una grieta por la que se cuelan la culpa, la memoria y el miedo al futuro.
La propuesta nos sitúa junto a Hazel (Mercè Aránega) y Robin (Jordi Boixaderas), una pareja de científicos nucleares retirados que han decidido aislarse en una casa de campo tras un accidente en la central donde trabajaban. Su rutina queda trastocada con la llegada de Rose (Emma Vilarasau), una antigua colega de la que no tenían noticias desde hace décadas, y cuya presencia desata viejas tensiones, secretos y decisiones que pesan como la sombra de la radiación sobre sus vidas. A partir de este reencuentro, la acción se convierte en un espejo donde se refleja el precio de nuestras decisiones personales y colectivas, y la pregunta de qué mundo estamos construyendo para las próximas generaciones.
El texto de Lucy Kirkwood articula una pieza aparentemente sencilla pero cargada de capas. El conflicto no se construye desde el efectismo, sino desde dilemas morales que incomodan porque resultan reconocibles. La autora evita el panfleto y sitúa la responsabilidad —individual y colectiva— en el centro de la escena, planteando preguntas incómodas sobre el legado, la culpa y la posibilidad de reparación cuando el daño ya está hecho.
Bajo la dirección de David Selvas, el montaje encuentra un pulso firme que nunca pierde de vista la complejidad humana que late en cada frase. Selvas transita con elegancia entre el humor seco y el drama más descarnado, permitiendo que la escritura de Kirkwood —traducida con precisión por Cristina Genebat— respire y evolucione sin perder intensidad; confiando en la inteligencia e intuición del espectador. Su apuesta por la contención —por lo que no se dice tanto como por lo que se verbaliza— convierte cada silencio en una amenaza latente.
En escena, Emma Vilarasau, Mercè Aránega y Jordi Boixaderas sostienen el montaje con una verdad escénica incontestable. Vilarasau compone una Rose firme y ambigua, capaz de tensar la situación con una sola mirada; Aránega dota a Hazel de una humanidad frágil, llena de aristas y contradicciones; y Boixaderas construye un Robin vulnerable, atrapado entre la ética y el agotamiento. El triángulo interpretativo funciona con precisión, haciendo que cada réplica pese y cada gesto revele una historia compartida que nunca se cuenta del todo.
Si nos fijamos en la parte técnica, esta acompaña el montaje con inteligencia. La escenografía de Josep Iglésias dibuja un hogar deteriorado que respira aislamiento y memoria; la iluminación de David Bofarull modela los estados de ánimo con una sutileza casi cinematográfica; el vestuario de Maria Armengol refuerza el desgaste emocional de los personajes; y el espacio sonoro de Lucas Ariel Vallejos subraya con discreción la amenaza invisible que sobrevuela la función. Todo suma sin imponerse, creando una atmósfera coherente y asfixiante.
Els Fills no es una obra que ofrezca respuestas cómodas, pero sí deja una pregunta resonando en la platea: ¿qué estamos dispuestos a asumir por el mundo que dejamos atrás? Es un montaje que interpela sin sermonear, que duele sin exagerar y que confirma que el mejor teatro es aquel que nos obliga a mirarnos de frente al salir de la sala. Una de esas propuestas que no se olvidan al cruzar la puerta.
Crítica realizada por Norman Marsà




