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13.02.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Com vaig aprendre a conduir – Crítica 2026

La propuesta de la Sala Beckett de Barcelona, Com vaig aprendre a conduir, llega para rompernos por dentro: el retrato de una niña herida obliga al público a cuestionar su propia infancia, las amenazas invisibles y las cicatrices que arrastramos al crecer.

La obra se articula como un monólogo cautivador, atravesado por indicaciones de conducción: arrancar el coche, poner marcha atrás, primera, segunda o tercera. A través de cinco intérpretes, Mireia Aixalà, Ivan Benet, Alba Gallén, Blai Juanet Sanagustin Kathy Sey se construye el relato de la protagonista-víctima, del agresor y de los personajes secundarios, que funcionan como figuras camaleónicas. Según la escena, estos acompañan, sostienen o toman el protagonismo mediante el relato, la interpretación musical o el uso simbólico de señales.

En el centro del escenario se van creando las escenas de las distintas etapas de Coseta (Mireia Aixalà). El espacio se transforma constantemente, acompañando su crecimiento, su memoria y sus silencios. La escenografía dirigido por Sebastià Brosa y Paula Bosch se presenta como un lugar transformador y dinámico, donde los cambios escénicos y el juego con los focos resultan hipnóticos. En cuanto a la ilumincación dirigido por Ganecha Gil, cabe destacar los colores y las sombras que bañan la sala y la impregnan de imaginación.  Dos sillas, una mesa, un micrófono, el telón y, sobre todo, la esencia de los intérpretes son más que suficientes para construir este universo. El público, se convierte en un testigo silencioso, de este relato desgarrador.

El texto traducido por Helena Tornero nos sitúa poco a poco: quién es la Coseta, quién es el Tiet, la madre, los abuelos y la tía. A partir de ahí, con la familia como marco, la dirección se centra en desvelar un gran secreto que se revela a fragmentos, presentándonos distintas etapas de la vida de la protagonista. Las emociones nos envuelven a medida que la verdad sale a la luz. La decepción y el dolor son inevitables al descubrir la cruda realidad a la que Coseta tuvo que enfrentarse durante años: ser abusada por uno de sus tíos cuando aún era menor. Una experiencia que explica, en gran parte, la mujer en la que se ha convertido.

La obra dialoga directamente con una problemática todavía muy presente: la sexualización constante de las mujeres y los abusos disfrazados de afecto. Excusas, justificaciones y silencios que siguen existiendo hoy en día y que generan una violencia persistente. Un abuso ejercido por quienes no conocen límites ni respeto, y que deja secuelas profundas.

Coseta está rota, pero no se nos presenta desde la fragilidad, sino desde la fortaleza de una mujer adulta que ha atravesado el trauma. Esta elección narrativa genera aliento y esperanza en el público. La interpretación de Mireia Aixalà es sobresaliente, especialmente en la dualidad entre la Coseta adolescente y la adulta que relata los hechos. Ivan Benet también destaca, logrando transmitir con crudeza y veracidad el papel del agresor. Por su parte, Alba Gallen, Blai Juanet Sanagustin y Kathy Sey aportan momentos de luz, humor y una energía especial, especialmente en las pausas musicales a cargo de Oscar Peñarroya y el sonido Guillem Rodríguez, que mantienen al público completamente ensimismado.

Ya hacia el final de la obra ocurre aquello que todos temíamos. Sin embargo, la obra no queda manchado por esa escena, sino que, sorprendentemente, desemboca en un aliento de esperanza. ¿Qué haríamos las mujeres sin estos actos de valentía de contar, de no callar, de reivindicarnos por las demás? La opresión en el pecho es inevitable; la empatía embriaga todo el cuerpo y resulta imposible no pensar en los tuyos cuando la obra llega a su fin.

Es por eso que, con el texto de Paula Vogel y la dirección de Marilia Samper, este espectáculo llega a Barcelona como una propuesta necesaria. Comienza desde una melancolía casi inocente y termina convirtiéndose en una historia devastadora y abrupta a la vez. Un recordatorio urgente de que la lucha por una vida libre de violencia sexual hacia adolescentes e infantes continúa, y no puede silenciarse.

Com vaig aprendre a conduir es una obra poderosa que visibiliza la violencia de género y el abuso de poder con una estructura teatral magistral. No apartas la mirada en ningún momento: sigues el ritmo, te atrapa y, al mismo tiempo, te conciencia profundamente.

Hay un antes y un después tras verla. El terror que despierta es real, porque tratar estos temas nunca es fácil. Sin embargo, la elegancia, la sensibilidad y el cuidado con el que se ha trabajado la dirección, la iluminación, el espacio escénico, el sonido y la interpretación hacen de esta propuesta una experiencia dura, necesaria y profundamente humana.

Crítica realizada por Yadi Agurto

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