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09.02.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Constelaciones – Crítica 2026

El Centro Dramático Nacional estrena en la sala principal del Teatro Valle-Inclán de Madrid Constelaciones. Texto de Nick Payne y dirección de Sergio Peris-Mencheta con el que adentrarnos en las disyuntivas de las posibilidades y las probabilidades, de cómo tomamos decisiones y marcamos el devenir de nuestras vidas.

Nick Payne propone en Constelaciones, obra escrita en 2012, una reflexión escénica sobre el azar, las decisiones mínimas y la multiplicidad de futuros posibles que se desprenden de un mismo instante. Su dramaturgia articula una historia sentimental atravesada por la física cuántica y la teoría de los universos paralelos, convirtiendo lo íntimo en un campo de experimentación filosófica. Payne es reconocido como uno de los dramaturgos británicos más relevantes de su generación por esa capacidad para hibridar emoción y pensamiento sin didactismo. Textos como If There Is I Haven’t Found It Yet o Incógnito han consolidado su prestigio por, a juicio de la crítica, una escritura precisa, sensible y profundamente humana, capaz de dialogar con la ciencia sin perder densidad dramática.

El hecho de que el montaje esté dirigido por Sergio Peris-Mencheta supone, de entrada, un sello de solvencia artística y ambición escénica. Su trayectoria como director se ha caracterizado por su capacidad para generar una experiencia teatral, integrando con absoluta coherencia atmósfera, texto y acción. Títulos como Lehman Trilogy, celebrada por su virtuosismo actoral, o Una noche sin luna, homenaje emocionante a Lorca, han sido ampliamente reconocidos el público. En ellos, Peris-Mencheta ha demostrado una habilidad especial para abordar textos complejos sin traicionar su esencia, dotándolos de una energía que conecta de manera holística, sensorial e intelectualmente, con el espectador.

Uno de los aciertos más evidentes de las Constelaciones que coproducen el Centro Dramático Nacional y Barco Pirata es su planteamiento escenográfico, firmado por Javier Ruiz de Alegría. La disposición del público en laterales genera un espacio envolvente que rompe con la exclusiva frontalidad tradicional y refuerza la idea de observación compartida de un fenómeno cambiante. En el centro, una plataforma circular actúa como núcleo de las acciones, con una acotación elevada en su propio centro que subraya la noción de foco, de punto de bifurcación. La iluminación y el diseño sonoro -de Ion Aníbal y Benigno Moreno, respectivamente- están claramente al servicio de la narración, articulando transiciones mediante fundidos a negro, efectos de voces y variaciones rítmicas que acompañan el movimiento de los actores, aportación de Amaya Galeote, y la fragmentación del relato sin subrayados innecesarios.

La función incluye una clara voluntad de involucrar al espectador. No solo a través de una dramaturgia que expone distintas posibilidades de un mismo instante, sino mediante la figura de un maestro de ceremonias –Ester Rodríguez o Litus Ruiz– que, desde el prólogo, destruye la cuarta pared. Su intervención introduce al público en las reglas del juego, apelando directamente a la noción de probabilidad y estadística, y haciéndolo partícipe de la determinación del destino de los personajes.

Sin embargo, la función termina quedando parcialmente atrapada en ese mismo juego formal que la impulsa. La relevancia de la estructura y del dispositivo escénico acaba pesando tanto como el contenido, y la intención de provocar una reflexión profunda sobre cómo un solo factor puede modificar nuestro devenir vital se diluye entre las variaciones propuestas. El fondo queda, por momentos, desdibujado por la reiteración del mecanismo. No queda entonces otra opción que dejarnos llevar por el oficio y la precisión de un elenco sólido (Jordi Coll, Diego Monzón, Paula Muñoz, María Pascual, David Pérez-Bayona y Clara Serrano), que exhibe una notable variedad de registros en este ejercicio de ofrecer múltiples versiones de una misma realidad, sosteniendo el interés desde la destreza interpretativa más que desde la emoción duradera.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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