
El Teatro Fernán Gómez de Madrid presenta Vincent River, drama sobre dos personajes en el que el conflicto y duelo ideado por Philip Ridley entre una mujer dolida con la vida y un joven arriesgado es encarnado por Pilar Massa, también directora, y Eduardo Gallo.
Vincent River, texto del dramaturgo británico Philip Ridley, es una obra incómoda que se adentra en la violencia homófoba y en las grietas morales de una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado. Estrenada en Estados Unidos a finales de los años noventa, impactó por su crudeza y por la forma en que esquivaba el relato criminal convencional para centrarse en las consecuencias emocionales y éticas del crimen. La historia gira en torno al asesinato de un joven, Vincent, y al encuentro entre su madre, Anita, y Davey, un chaval que sabe más de lo que parece. Más que contar qué ocurrió, el texto plantea un combate entre culpa, negación, dolor y responsabilidad, y se pregunta por qué ocurrió y, sobre todo, qué hacemos después como individuos y como comunidad.
La propuesta que presenta el Teatro Fernán Gómez parte de una adaptación sólida por parte de Manuel Benito, clara en su traslación al castellano y eficaz en la conservación de los silencios y las elipsis del texto. Sin embargo, el resto de los elementos, resultan planos. La dirección de Pilar Massa no expone ni extrae las múltiples capas narrativas que Ridley pone en juego: la ambigüedad moral, la complejidad psicológica de los personajes, los cambios de registro ni las distintas atmósferas emocionales que atraviesan la función. Todo avanza en un mismo tono, sin riesgo ni profundidad, desaprovechando su potencial dramático.
La escenografía se limita a cumplir su cometido básico de ofrecer un contenedor neutro para la acción. La presencia de una tarima resulta innecesaria y no aporta significado ni tensión al espacio escénico. No se construye un lugar que sintamos verdaderamente habitado por los personajes, ni un entorno que dialogue con su conflicto interno. Algo similar ocurre con la iluminación, que acompaña sin intervenir, generando una sensación de inmovilismo visual. Lejos de subrayar estados emocionales o transiciones dramáticas, la luz se mantiene constante, como si renunciara a ser una herramienta narrativa.
Otro tanto sucede con las interpretaciones de Eduardo Gallo y Pilar Massa. Gallo da vida a Davey, un joven atrapado entre la banalidad del mal y una culpa latente, mientras Massa interpreta a Anita, una madre devastada que busca respuestas y, quizá, una forma imposible de redención. Sin embargo, lo que vemos sobre el escenario son dos actores que se saben su texto y lo dicen con corrección, pero que no parecen convertirlo en carne de su carne. Falta verdad emocional, riesgo y transformación. Ni él ni ella logran atravesar la superficie de sus personajes.
En la cartelera tiene que haber montajes que nos lleguen más y otros menos; eso forma parte del juego teatral. Pero lo que sí deberían tener todos es ambición. Ambición por atraer, conmover e impactar al espectador. Ese empuje es lo que le falta a este Vincent River. La obra contiene un material dramático poderoso y vigente, pero la puesta en escena se conforma con ilustrarlo sin terminar de interpelarnos. Y en un texto que exige tomar partido, esa tibieza pesa.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




