
El Teatro del Barrio de Madrid acogió el pasado fin de semana Carcoma, adaptación escénica de la novela homónima de Laila Martínez, adaptada y dirigida por Mirella Salazar Campoy. Tras su presentación en septiembre de 2025 en Nave 73 dentro del Festival Surge, la obra recaló este mes en este espacio madrileño con un éxito absoluto en sus tres funciones.
Una casa oscura. Un grito tras las paredes. Un murmullo más allá del jardín. Carcoma sitúa al espectador en un espacio cerrado, cargado de pasado, impregnado de angustia y terror. La casa se convierte desde el inicio en el eje desde el que se articula el relato y en el lugar donde se acumulan las tensiones, los silencios y las violencias heredadas.
La obra cuenta la historia de cuatro generaciones de mujeres —bisabuela, abuela, hija y nieta— que han servido durante décadas a la familia de los Jarabo, sometidas a un poder que se perpetúa de forma despótica. El abuso, la desigualdad y la dependencia económica marcan sus vidas y condicionan sus relaciones. Como consecuencia, el odio, el resentimiento y el rencor se transmiten de unas a otras, alimentando una lucha de clases constante contra quienes ejercen ese dominio y exigen siempre más de lo razonable.
Ese conflicto se despliega como una resistencia silenciosa y persistente. Rebelarse es legítimo, aunque el desequilibrio haga prever el fracaso. Aun así, las mujeres de Carcoma insisten, generación tras generación, empujadas por la necesidad y por una obligación moral que no permite la rendición. La lucha se plantea sin épica, desde la constancia y la intuición de que, aunque el muro parezca inamovible, seguir golpeándolo es la única opción.
La obra aborda así las estructuras sociales que parecen inquebrantables y las estructuras familiares que, sin embargo, se revelan frágiles. Es una historia atravesada por el miedo, los secretos y la memoria. Siguiendo una tradición cercana al relato del Romanticismo gótico, con referencias claras a novelas como Cumbres Borrascosas, la forma adquiere un peso determinante: la casa, oscura, fría y descuidada, refleja el estado interior de quienes la habitan y funciona como una extensión física de sus conflictos.
En escena, Esperanza García-Maroto, Eli Zapata, Teresa Rivera y Paula Cueto encarnan esta genealogía femenina con fuerza y compromiso.
La propuesta se completa con la escenografía de Andrea Díaz Reboredo y Marc Sellés Argos, la iluminación de Roberto Rojas, el vestuario de Clara Macías Carcedo y el diseño sonoro de Raquel Martínez, con la consultoría sonora de David Coello, configurando un espacio coherente con el universo narrativo de la obra: crisposo, fragmentado y angustiante como un grito ahogado.
Crítica realizada por Judith Pulido




