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30.01.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Una forma de vida – Crítica 2026

¿Puede la ficción salvarnos? El Teatro de la Abadía de Madrid acogió hasta el 25 de enero la obra Una forma de vida, adaptación de la novela de Amélie Nothomb dirigida por Juan Ceacero junto a Isabelle Stoffel, concebida como una oda al poder de la ficción, refugio y a la vez posible prisión frente a la realidad.

A escasos segundos de la hora prevista, una voz procedente de los altavoces reclama silencio. La función está a punto de comenzar. Al fondo del escenario, una estructura luminosa palpita al ritmo de una respiración forzada: la presencia latente de una criatura que duerme o acecha desde un territorio impreciso. Es un comienzo perfecto para una obra que parte de un desencuentro, de un conversación que se hace carne. El cuerpo, el tacto, la densidad de lo tangible se erigen aquí en elementos centrales del discurso escénico.

Una forma de vida narra la relación epistolar que Amélie Nothomb entabla con uno de sus lectores, Melvin Mapple, un soldado estadounidense destinado en Afganistán. Atrapado entre la violencia de la guerra, la angustia y la depresión, el hombre confiesa —no sin pudor— haber ganado más de cien kilos durante su servicio militar. Este dato, tan extremo como inquietante, despierta el interés de la escritora y da pie a un intercambio que pronto desborda la mera curiosidad inicial. El vínculo evoluciona a través de la curiosidad y la seducción hasta convertirse en una relación casi patológica, marcada por la obsesión y una soterrada sensación de amenaza.

Es, ante todo, una historia sobre la extrañeza. Sobre sentirse ajeno, pero incapaz de desaparecer. Un viaje desde la soledad. A través de un texto fragmentado en breves misivas entre dos personas perdidas, la obra reflexiona sobre la búsqueda de una identidad cuando los límites se desdibujan. Es también un homenaje a la ficción, entendida como refugio y como mecanismo de supervivencia: solo la ficción parece capaz de salvarnos, sirviendo como flotador ante la realidad.

No es casual que Nothomb utilice su propio nombre para construir el personaje de la escritora, sugiriendo en un primer momento una narración basada en hechos reales. Sin embargo, la obra revela pronto su verdadera naturaleza: una ficción —aunque inspirada en experiencias personales— que reivindica la potencia del relato como forma de conocimiento. Hablar a través de historias resulta, en ocasiones, la única manera posible de decir la verdad. Como afirma Alicia, interpretada por Gloria Muñoz en La flor de mi secreto de Pedro Almodóvar: «¡La realidad debería estar prohibida!».

Juan Ceacero, director de La_Compañía exlímite, aborda la puesta en escena con una precisión quirúrgica, permitiendo que el texto respire y despliegue toda su potencia en el espacio escénico. A su lado, la actriz suiza Isabelle Stoffel —quien coescribe junto a Ceacero la adaptación teatral— se lanza, como su personaje, hacia lo desconocido con una entrega absoluta y una confianza casi temeraria. Ambos se entrelazan, metafórica y literalmente, en una historia que encarna el hambre de algo más: de crear, de entender, de huir.

En este proceso destaca especialmente el diseño de iluminación de Rodrigo Ortega, un trabajo que brilla de principio a fin y adquiere un peso dramatúrgico fundamental. La luz no se limita a acompañar la acción, sino que dialoga con ella, modelando cuerpos, estados emocionales y atmósferas, y subrayando esa frontera difusa entre lo real y lo ficticio que atraviesa toda la obra.

Una forma de vida plantea, en última instancia, una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la ficción deja de ser refugio para convertirse en necesidad? La propuesta de Ceacero y Stoffel no ofrece respuestas tranquilizadoras, sino que invita al espectador a habitar esa zona ambigua donde el relato puede salvar, pero también devorar.

Crítica realizada por Judith Pulido

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