
¿Cómo es posible obsesionarse tanto con un libro hasta el punto de impregnar en él las verdades más ocultas de uno mismo? ¿Y qué ocurre cuando esas verdades son descifradas sin previo aviso, por una mujer que irrumpe sin llamar? De esta premisa inquietante parte Venus in Fur, obra que puede verse en la Sala Atrium de Barcelona, que juega constantemente con los límites entre la ficción y la realidad.
Un joven y ambicioso director está desesperado porque no encuentra a la actriz ideal para encarnar al personaje femenino de su obra: una adaptación de La Venus de las pieles, novela que inspiró el término «masoquismo». De repente, irrumpe Vanda: una actriz que acaba haciendo la prueba pese a estar aparentemente lejos del perfil del personaje principal. Actriz y director, entrando cada vez más en sus personajes, comienzan un juego de poder, seducción y espejos en torno a la guerra de los sexos donde los roles de dominante y dominado todavía están por decidir.
La obra se presenta bajo la dirección de Alfons Casal, quien expande con profundidad y precisión el relato de la obra La Venus de les pells de David Ives. La trama se centra, esencialmente, en una lucha de poder entre un hombre y una mujer. Dominación versus sumisión.
Uri Guillem interpreta a Alex, el director de la obra, mientras que Clàudia Riera da vida a la Vanda, la mujer que llega para hacer el casting. Desde el primer momento queda claro que nada es lo que parece y que ese encuentro fortuito esconde mucho más de lo que aparenta.
Venus in Fur nos presenta a dos personajes que se conocen, se atraen y se enfrentan. El inicio de la pasión entre ambos se construye a partir de una tensión constante, donde el deseo se mezcla con el control y el amor con la dominación. La gran pregunta que atraviesa toda la obra es clara y perturbadora: ¿quién domina realmente a quién?
El espacio escénico, diseñado por Judith Puig, refuerza este conflicto interno. Sobre el escenario encontramos un diván de terciopelo rojo, un escritorio empapelado y desordenado, un ordenador, un fondo blanco, un trípode con un móvil grabando, una estatua y una silla. Todo este conjunto crea un ambiente caótico que refleja con claridad la mente del director, Alex. Para Vanda, sin embargo, este desorden no resulta intimidante.
La interacción entre ambos es ágil y provocadora, hasta el punto de que Alex no tiene más opción que aceptar hacerle el casting. A partir de ese momento, empieza a darse cuenta de que la Vanda podría ser la candidata perfecta para el papel… o algo mucho más peligroso.
Las escenas avanzan y se entremezclan con la realidad. Hay momentos en los que resulta casi imposible distinguir entre el personaje del director, el personaje de la obra que está adaptando y la relación que se va construyendo entre ambos intérpretes. El trabajo actoral de Riera y Guillem es impecable, lineal y profundamente intenso. La obra está impregnada de erotismo, donde la seducción y la dominación se confunden constantemente, generando una tensión que se mantiene viva durante toda la representación.
La iluminación y el sonido, a cargo de Eloi Pla, juegan un papel fundamental en esta atmósfera. Las luces rojas y amarillas envuelven el espacio y dialogan con las emociones de los personajes, intensificando el deseo, el peligro y la ambigüedad. Estas luces no solo acompañan la acción, sino que transforman el ambiente, marcando los cambios de poder y el avance psicológico de los protagonistas.
Llega un punto en el que el casting queda completamente en segundo plano. Lo verdaderamente importante pasa a ser descubrir quién es realmente Alex y cuánto de sí mismo ha volcado en la obra que está adaptando. Vanda comienza a intensificar el juego, tanto desde su personaje como desde su presencia escénica, empujándolo a enfrentarse a sus propias verdades. No solo quiere demostrar que es perfecta para el papel, sino obligarlo a mirarse de frente.
El erotismo no recae únicamente en ella; ambos personajes se despojan de las máscaras. El vestuario, diseñado por Maria Solsona, acompaña esta evolución con precisión: desde el vestido de época, la chaqueta de époc, el corsé que se ajusta al cuerpo de Vanda y hasta las botas altas de cuero. Un elemento clave que atraviesa toda la obra: el velo de pelo, cargado de simbolismo y poder visual.
Durante toda la función, el clímax se mantiene en una misma línea de intensidad. Los personajes saquean emociones sin descanso y cada transición de escena está cargada de sentimiento. Son perspicaces, observadores, apasionados y elocuentes. La dirección mantiene un rumbo claro, aunque el destino final sea incierto, revelando verdades ocultas que nunca imaginaron sacar a la luz.
Venus in Fur sorprende y atrapa. Vivir esta experiencia desde cerca intensifica aún más la conexión con los intérpretes. No parece haber escenario suficiente para contenerlos: su presencia desborda el espacio y convierte la función en una experiencia intensa, incómoda y profundamente magnética.
Crítica realizada por Yadi Agurto




