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26.01.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Godspell – Crítica 2026

El espectáculo de la fe que Godspell llevó al off-Broadway en 1971, revive, más de medio siglo después, de la mano de Antonio Banderas en el Gran Teatro Pavón de Madrid. Buena producción técnica y casting correcto en una producción que, sin embargo, se queda a medio camino.

Godspell nació a comienzos de los años setenta, en un contexto de contracultura y revisión de los grandes relatos, como un musical que proponía una lectura lúdica, coral y humanista de los Evangelios. Concebido originalmente por Stephen Schwartz y John-Michael Tebelak, el espectáculo apostaba por una forma de teatro comunitario, casi ingenuo, donde la música y el juego escénico servían de vehículo para un mensaje espiritual despojado de solemnidad. Más de medio siglo después, esta nueva versión llega al Gran Teatro Pavón de Madrid avalada por un equipo artístico de primer nivel y con el reclamo añadido de la dirección de Antonio Banderas, lo que inevitablemente eleva las expectativas.

La función se abre con una introducción situada en coordenadas bélicas, una decisión escénica que promete una lectura contemporánea y conflictiva del material original. Sin embargo, esa expectativa narrativa se diluye pronto. La guerra, sugerida como marco simbólico, desaparece sin consecuencias dramáticas ni desarrollo posterior. En su lugar, lo que se ofrece es un storytelling fragmentado que recorre algunos de los momentos y enseñanzas más conocidas de la vida de Jesucristo. El enfoque es abiertamente humanista, instalado en un punto intermedio que busca interpelar tanto a creyentes como a espectadores con una ética laica, apelando a valores universales como la solidaridad, el perdón o la compasión.

El primer acto funciona formalmente. Una sucesión de números musicales con coreografías dinámicas y coherentes con el tono festivo del montaje. La escenografía revela un cuidado trabajo de diseño por parte de Sebastià Brosa. A ello se suma una iluminación versátil (Juanjo Llorens) y un vestuario variado (Gabriela Salaverri) que ayuda a definir el carácter coral del espectáculo. La correcta acústica del Gran Teatro Pavón permite disfrutar de la interpretación en directo de los seis músicos, que sostienen con solvencia la partitura dirigida por Daniel Villarroya. El elenco, por su parte, cumple, logrando que lo que sucede en escena mantenga el interés y la atención del público.

Sin embargo, el montaje empieza a resquebrajarse cuando opta por romper la cuarta pared mediante guiños constantes a la cultura popular. Estos intentos de complicidad resultan innecesarios, restan seriedad y magia a la narración. Lejos de acercar el mensaje, lo banalizan. El segundo acto acentúa estas debilidades al relegar el espectáculo en favor de una exaltación explícita del mensaje cristiano. La intención no cuaja, el personaje de Jesús se aproxima peligrosamente a la caricatura y símbolos de enorme peso dramático —como la cruz o las palabras de la última cena— quedan reducidos a ganchos lanzados al aire, sin verdadero calado emocional.

Los Evangelios constituyen, sin duda, una de las narrativas más influyentes y poderosas de la historia de la humanidad. Este montaje de Godspell no les hace justicia, atrapado entre el deseo de agradar, la voluntad pedagógica y un exceso de ligereza formal. Aun así, es previsible una buena acogida por parte del público madrileño, especialmente entre quienes interpretaron como exaltación del cristianismo propuestas recientes como la cinematográfica de Los Domingos o la musical del Lux de Rosalía. Para el resto, queda la sensación de haber asistido a un espectáculo correcto, pero limitado en ambición y profundidad.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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