
Les Bàrbares vuelve al Teatre Borràs de Barcelona como una tragicomedia que pone bajo la lupa la vida de tres mujeres marcadas por decisiones, renuncias y contradicciones. El texto de Lucía Carballal articula un diálogo reconocible sobre la amistad y las medias verdades de toda una generación, apoyándose en la fuerza de sus intérpretes y en una dirección que potencia la palabra.
Les Bàrbares narra la historia de Carmen, Susi y Encarna, tres amigas de unos sesenta años que se reencuentran en un hotel llamado, con ironía, Joventut. El encuentro responde al deseo final de Bárbara, una mujer treinta años más joven a la que apadrinaron y amaron de formas diversas. Su muerte prematura desencadena una reflexión colectiva sobre el pasado, el trabajo, la maternidad y el feminismo, poniendo a prueba el valor de la amistad que las une.
Desde el inicio, la dirección de David Selvas se manifiesta como un ejercicio de equilibrio delicado entre la comedia espontánea y la introspección dolorosa. Selvas consigue que el escenario respire con un pulso propio: ni demasiado lento para caer en la sobremesa teatral, ni demasiado rápido para perder la textura emocional que el texto exige. Esta dirección sabe construir una dramaturgia orgánica con las actrices, y deja que cada gesto, cada pausa, se convierta en parte de la historia que se comparte con el público.
En el corazón de la función late la presencia de María Pujalte, Cristina Plazas y Francesca Piñón, voces que no se limitan a interpretar personajes, sino que parecen haber habitado estas mujeres desde hace años.
Pujalte, con su fraseo agudo y su innegable carisma, impone al público una Susi que se ríe de sí misma y provoca dudas sobre sus propias certezas. Plazas, por su parte, da vida a Carmen con una sutileza que nunca sacrifica la complejidad emocional: su triunfo profesional se equilibra con la sensación de pérdida. Piñón, en su papel de Encarna, aporta humor, ternura y un punto de anclaje humano sin estridencias. Las tres construyen una tríada que suena vivamente real, gracias a una química difícil de fingir y a una escucha escénica que las mantiene conectadas entre sí y con el público.
Un elemento singular es la presencia de Berta Gratacós como voz y música en directo, no un mero acompañamiento sonoro, sino una presencia poética que cruza todo el montaje. Su interpretación de temas como Yo no soy esa o Porque te vas no actúa solo como puente musical entre escenas, sino como comentario emocional sobre lo que está sucediendo en el texto. Este recurso —bien integrado en la narración— ofrece matices adicionales de nostalgia y reflexión que se sienten genuinos.
En lo técnico, el montaje refleja un diseño que sabe hablar sin estridencias. La escenografía de Marc Salicrú y Josep Iglesias sitúa la acción en un espacio que, con pocos elementos, sugiere un vestíbulo de hotel vintage cargado de memoria y tensión. No se trata solo de decorar: el espacio acoge la acción y permite que las relaciones entre las protagonistas se desplieguen con naturalidad, casi como si el público fuera un invitado más en ese encuentro.
La iluminación de Jaume Ventura acompaña con sutileza el tránsito emocional de cada escena. No es un artificio, sino una herramienta narrativa: luz cálida para los pasajes íntimos, cambios más abruptos para las tensiones que emergen entre las amigas. Este trabajo preciso contribuye a que la escena oscile sin esfuerzo entre lo cotidiano y lo revelador.
El vestuario de Maria Armengol y la caracterización de Núria Llunell ayudan a anclar a cada personaje en su mundo vital: los tejidos, los colores y los detalles no parecen ser arbitrarios, sino que nos dan pistas silenciosas sobre quiénes fueron y quiénes son ahora estas mujeres. A través de la ropa, se perciben las elecciones de vida, el paso del tiempo y, sobre todo, la complejidad de identidades que, lejos de definirse en un solo rasgo, se multiplican en cada escena.
Les Bàrbares no es un montaje que sacuda con golpes teatrales o grandes revelaciones escénicas, sino un trabajo que se hace fuerte en la verdad de la interpretación, la intimidad dramática y la coherencia técnica. La dirección actoral de Selvas y las interpretaciones de Pujalte, Plazas y Piñón componen un núcleo emocional sólido, sostenido por un diseño escénico, lumínico y sonoro que dialoga con delicadeza con la palabra. El resultado es un espectáculo que se siente cercano, inteligente y cargado de humanidad: un teatro que, sin grandilocuencia, deja una huella persistente en quien decide entrar en su universo reflexivo.
Crítica realizada por Norman Marsà




