
Los Teatros del Canal de Madrid acogen Numancia, la tragedia de Miguel de Cervantes, en una versión dirigida por José Luis Alonso de Santos. El montaje recupera uno de los textos más singulares del teatro clásico español, centrado en la resistencia de un pueblo frente al poder invasor, y plantea una reflexión sobre la libertad, el sacrificio y la dignidad colectiva.
Numancia recrea el asedio romano a la ciudad celtíbera del mismo nombre en el año 133 a. C., cuando el general Escipión rodeó la ciudad hasta provocar la muerte por hambre de sus habitantes. Cervantes convierte este episodio histórico en una tragedia coral donde el pueblo, ante la imposibilidad de escapar, elige no rendirse y preservar su honor. En esta versión, Alonso de Santos presenta una puesta en escena sobria, que se apoya en un reparto numeroso —20 actrices y actores— y que otorga una importancia y solemnidad absolutas a la lectura del texto cervantino.
La escenografía, dirigida por Ricardo Sánchez Cuerda, apuesta por una estética clásica, coherente con la temporalidad de la obra. El vestuario, elaborado por Elda Noriega (AAPEE), es impecable; la iluminación, a cargo de Juan Gómez-Cornejo (AAI) e Ion Aníbal (AAI), acompaña con precisión los distintos momentos dramáticos. Las interpretaciones de los actores, entre los que destaca Arturo Querejeta, son competentes y respetuosas con el lenguaje cervantino. Cada palabra está cuidadosamente calibrada y refleja un conocimiento profundo del material.
No obstante, la corrección casi absoluta de esta versión se convierte en su principal debilidad. Como ha señalado el director, la obra “es un grito en defensa de nuestras raíces culturales fundamentales, como son la lengua y la creación literaria y teatral de nuestro más importante escritor de todos los tiempos: Miguel de Cervantes. Raíces que son en la actualidad muchas veces desvaloradas o atacadas en nombre de un adanismo elemental destructor”. Sin embargo, el montaje permanece dentro de parámetros de seguridad que, si bien garantizan una representación sin fallos, impiden que la obra genere verdadero impacto o sorpresa. Más allá del placer de ver a Cervantes en escena y de seguir una historia con gran carga dramática, se percibe la ausencia de frescura y de una apuesta que conecte con la actualidad.
El ritmo escénico es lento y el movimiento muy limitado. Los actores permanecen a menudo estáticos, recitando sus textos sin explorar la posibilidad de dinamizar la acción o acercarla al espectador contemporáneo. Esta contención excesiva dificulta, especialmente para quienes no están familiarizados con el teatro clásico, seguir la progresión de la trama y sentir la tensión que la tragedia exige, diluyendo la idea de que la obra sea realmente “un grito”.
En definitiva, esta versión de Numancia es correcta en todos sus aspectos: cuidada, respetuosa y técnicamente solvente. No obstante, su perfección formal la deja plana y previsiblemente académica. El montaje cumple con su función de recuperar un texto clásico y hacerlo inteligible, pero se queda corto a la hora de provocar emoción, reflexión inmediata o complicidad con el presente. Es, en suma, una obra que se observa con respeto, pero que no termina de dejar huella.
Crítica realizada por Judith Pulido




