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20.01.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
La mort i la primavera – Crítica 2026

Tras triunfar en la Bienal de Venecia y agotar entradas en Barcelona, La mort i la primavera desembarca en el Centro Danza Matadero de Madrid. La compañía La Veronal transforma la enigmática novela de Mercè Rodoreda en una perturbadora sinfonía visual y coreográfica que explora el subconsciente a través del gesto.

La obra cuenta con la idea y dirección artística de Marcos Morau y música original de Maria Arnal. La coreografía es creación de Morau en colaboración con los intérpretes Lorena Nogal, Marina Rodríguez, Shay Partush, Núria Navarra, Jon López, Valentin Goniot, Ignacio Fizona Camargo y Fabio Calvisi, además de la propia Arnal. El equipo técnico incluye el diseño de escenografía de Max Glaenzel, el vestuario de Sílvia Delagneau, la iluminación de Bernat Jansà y el diseño de sonido de Uriel Ireland. La dramaturgia está a cargo de Roberto Fratini y Carmina S. Belda, con Mònica Almirall como asistente de dirección y Juanma G. Galindo en la dirección de producción.

El gran pilar sobre el que se sostiene esta arquitectura emocional es, sin duda, la presencia de Maria Arnal. Su interpretación no actúa como un mero acompañamiento, sino como la verdadera brújula de la pieza. La música original y su voz, capaz de transitar entre lo ancestral y lo electrónico, aportan una calidez orgánica que contrasta con la frialdad del movimiento. En los momentos donde la danza se vuelve más hermética, es la atmósfera sonora la que logra rescatar al espectador, ofreciendo un refugio emocional que permite seguir habitando el espectáculo sin necesidad de descodificar cada símbolo.

Por otro lado, la escenografía de Max Glaenzel plantea un juego de contrastes que bascula entre la fascinación y el estupor. Si bien el diseño visual es imponente, ciertos elementos introducen una repetición que desafía la paciencia del neófito. El tránsito recurrente de la furgoneta, por ejemplo, termina por generar una sensación de bucle que, aunque refuerza la idea de la pesadilla circular de Rodoreda, puede percibirse como redundante. Del mismo modo, la presencia del órgano y el complejo sistema de cables y conexiones ocupan un espacio escénico tan invasivo que, durante gran parte del tiempo, se vive como un estorbo visual que compite por nuestra atención.

Sin embargo, ese aparente caos técnico y escenográfico cobra un sentido retrospectivo en el último tramo de la representación. Lo que inicialmente se percibía como un ruido innecesario o una disposición caprichosa del espacio, acaba revelándose como una maquinaria necesaria para el clímax final. Es en ese desenlace donde las piezas encajan y comprendo que ese desconcierto previo era una etapa necesaria del viaje. Aunque la racionalización de las imágenes llegue tarde, la potencia del cierre compensa el cansancio de un trayecto marcado por la densidad de una propuesta que no admite medias tintas.

En definitiva, mi debut con el universo de La Veronal ha resultado ser un ejercicio de rendición ante la belleza plástica y el virtuosismo técnico. Aunque la falta de familiaridad con la obra de Rodoreda y el exceso de elementos escénicos me sumergieron por momentos en un laberinto de difícil interpretación, la fuerza interpretativa de Maria Arnal y el rigor del cuerpo de baile logran que la experiencia trascienda lo puramente racional. La mort i la primavera no es una obra para entender, sino para dejar que nos atraviese; un espectáculo visualmente imponente que, pese a sus aristas, confirma que el teatro es, ante todo, un lugar para el asombro.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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