
La Zaranda traslada el frío y la dureza de los extrarradios de cualquier gran ciudad, habitados por personajes sin mayor pretensión que sobrevivir, a Nave 10 Matadero de Madrid con Todos los ángeles alzaron el vuelo.
La trayectoria de La Zaranda es una de las más singulares y longevas del teatro español de las últimas décadas. Fundada en Jerez de la Frontera en 1978, esta compañía ha desarrollado un lenguaje propio apostando por planteamientos reflexivos que plantea preguntas sin necesidad de ofrecer respuestas. Su poética se arraiga en la exploración de la condición humana desde la periferia hasta el núcleo de nuestra conciencia, construyendo universos escénicos en los que prima lo esencial sobre lo superficial. Con una sólida trayectoria, La Zaranda ha consolidado una voz inconfundible, introspectiva y exigente con títulos como Ahora todo es noche, Manual para armar un sueño o La batalla de los ausentes.
Por su parte, Nave 10 Matadero se presenta como un referente para la creación teatral actual. Su programación apuesta por obras que cuestionan nuestra percepción de la realidad y nuestras estructuras sociales. En este sentido, la presencia de La Zaranda resulta coherente, una propuesta con la que ampliar el horizonte sensorial y reflexivo del espectador mediante una puesta en escena ajena a convencionalismos.
Todos los ángeles alzaron el vuelo se presenta como un viaje poético por la periferia de la vida y de lo cotidiano, un texto dedicado a los marginados y a quienes habitan los bordes de nuestra percepción social. En escena, Eusebio Calonge (texto) y Paco de la Zaranda (dirección) proponen una mirada hacia personajes olvidados, almas que habitan solares, descampados y esquinas sombrías. Una oda a los sin voz, un fresco de destinos sellados desde el principio, pero con un hilo de esperanza que atraviesa cada gesto y cada palabra. Un imbricado de tradición picaresca y humor desolador, un propósito poético que quiere ser luz dentro de lo sórdido y plantea la resistencia ante la monstruosidad de la vida.
En escena cinco intérpretes (Ingrid Magrinyá, Natalia Martínez, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos) con presencia, disciplina y entrega que buscan dar vida a ese paisaje humano desahuciado. Sin embargo, el texto se siente escaso y fragmentado. Los personajes transitan la escena con un lenguaje corporal que más parecen mimos que encarnaciones dramáticas. La apuesta por lo poético y lo simbólico ofrece escaso anclaje narrativo para quien mira desde una expectativa dramática convencional. La intención de retratar una realidad social compleja se queda a medio camino porque no se desarrolla un relato con suficiente pulsión que enganche y sostenga emocionalmente. Muchas de las imágenes evocadas, loables en su ambición, no acaban de resonar con fuerza más allá del gesto. Esta falta de densidad narrativa dificulta la conexión y sitúa la experiencia en un territorio donde la mirada se dispersa.
Por lo demás, el trabajo técnico, especialmente iluminación (Peggy Bruzual) y espacio escénico (Paco de La Zaranda), es correcto y está bien resuelto, colaborando con la atmósfera buscada por la compañía. Las luces y los espacios se integran con precisión en las intenciones estéticas del montaje, ayudando a establecer esa sensación de periferia poética y de tránsito existencial si bien no consiguen compensar por completo las carencias del texto.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




