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05.01.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Desaparellats – Crítica 2026

En el Espai Texas de Barcelona, la propuesta de Roc Esquius convierte las relaciones de pareja en el eje central de Desaparellats. La obra se construye a base de sarcasmo, frases cotidianas que nos resultan peligrosamente familiares y discusiones de pareja en las que es fácil verse reflejado. ¿De qué se compone hoy una relación? ¿De amor, de supervivencia, de costumbre?

Plantearse estas cuestiones cuando el desgaste ya pesa suele ser sinónimo de crisis. Tanto hombres como mujeres cargamos con la presión constante de estar a la altura de lo que la sociedad espera de nosotros, muchas veces sin detenernos a escuchar a la persona que tenemos al lado. Exigimos más de lo que damos y olvidamos, poco a poco, el equilibrio.

Ramón Pardina, autor del texto, utiliza la metáfora de los calcetines desparejados para hablar de algo mucho más profundo. ¿Dónde van a parar esos calcetines que desaparecen entre la lavadora y el armario? A partir de esta premisa conocemos a Ton y Anna, interpretados por Ricard Farré y Esther López, una pareja que se enfrenta a sus propias versiones y a las decisiones que han tomado —o no— a lo largo de su relación.

Ricard Farré da vida a Ton con una vis cómica muy afinada. Sus expresiones, su ritmo y la precisión de sus réplicas conectan de inmediato con el público. Cada broma cae en el momento justo y provoca una risa sincera. Es, sin duda, el motor humorístico de la obra y quien nos guía, casi sin darnos cuenta, por este particular viaje de ciencia ficción emocional.

Por su parte, Esther López se sumerge en el personaje de Anna desde un lugar más introspectivo. Cansada del rol que ocupa dentro de la pareja, su interpretación se multiplica al encarnar distintas versiones de sí misma en un juego de multiversos que genera confusión, pero también curiosidad. Su trabajo aporta matices y profundidad a un personaje que no se conforma con una sola respuesta.

La escenografía a cargo de José Novoa sitúa la acción en un piso del barrio de Gràcia: un sofá, una mesa con cuatro sillas y un gran armario que ocupa toda una pared. El espacio es aparentemente estático y se repite en todos los universos, salvo por un detalle clave: un cuadro que actúa como ancla temporal y cambia según el multiverso en el que nos encontremos.

La iluminación de Anna Espunya acompaña de forma inteligente el desarrollo de la historia. Comienza con una luz cálida que transmite la armonía de un hogar y, poco a poco, introduce juegos lumínicos más contrastados, especialmente en las escenas relacionadas con el baño, donde sombras y destellos anuncian la aparición de otras versiones de los protagonistas.

El vestuario, en cambio, permanece prácticamente inalterable. Lejos de ser un problema, esta decisión refuerza la complejidad del relato: no es la ropa la que nos indica quién es quién, sino el texto y la interpretación precisa de Farré y López. El espectador debe estar atento, leer entre líneas y dejarse llevar por el juego actoral.

La conexión con el público es evidente. Muchas de las situaciones y diálogos apelan directamente a experiencias compartidas, a bromas conocidas y a realidades que hemos vivido o estamos viviendo. Esa cercanía es uno de los grandes aciertos de la obra.

Aunque se han contado mil historias de amor, Desaparellats se siente especialmente realista. Tiene algo de nostalgia, pero también de esperanza. Su misión es clara: encontrar la pareja del calcetín perdido, pero en el camino nos habla de los inicios ilusionantes, de un presente que asusta y de un futuro que inquieta. De cómo, sin darnos cuenta, empezamos a buscar fuera lo que dejamos de cuidar dentro.

La obra no pretende dar lecciones, sino exponer las múltiples caras de las relaciones de pareja. De esa reflexión surgen tanto la comedia como el romance. No se trata de no equivocarse, sino de saber tomar decisiones y no perder el rumbo.

Ricard Farré encarna, además, una evolución emocional clara: querer es poder, pero también es atreverse a decir lo que se siente, aun sabiendo que todo puede terminar. Gracias a su interpretación, el público descubre —junto a él— que la vida no es ni verde ni rosa, ni como la imaginamos ni como la esperamos. Simplemente es. Y quizá, al final, lo más importante sea estar en paz con las decisiones que tomamos con el corazón.

Crítica realizada por Yadi Agurto

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