novedades
 SEARCH   
 
 

23.12.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Dirty Crush – Crítica 2025

La Sala Atrium de Barcelona nos sorprende con Dirty Crush, una propuesta escrita por Clare Barron y dirigida con sensibilidad y pulso contemporáneo por Isis Martín y Aleix Fauró, que también firman una adaptación escénica muy bien medida. Una obra que cautiva desde el primer momento por el desorden emocional que genera y sostiene de principio a fin.

En la Sala Atrium tenemos la oportunidad de adentrarnos en esta historia escrita por la dramaturga norteamericana Clare Barron —traducida con acierto por Isis Martín, manteniendo la crudeza y la poética del texto original— protagonizada por una joven que se reencuentra con su pasado mientras vive un sueño marcado por la lujuria y la pasión junto a un muchacho. Todo ello se entrelaza con el futuro que anhela: convertirse en bailarina. En ese camino conoce a una mujer que danza de forma hipnótica y que se convierte en referente y motor de deseo. Jeanine, completamente ensimismada por este nuevo objetivo vital, se esfuerza por superarse día a día. Su vida desordenada se despliega ante nosotros para mostrarnos sus dilemas, sus sueños y una realidad que, lejos de ser perfecta, resulta profundamente humana.

La historia de Jeanine no solo provoca incomodidad, sino que envuelve al espectador en un humor agridulce que llega sin previo aviso y se queda más de lo esperado.

A nivel de producción, la propuesta es sencilla pero muy eficaz. Tres intérpretes sostienen la función —Patrícia Bargalló, Pau Escobar y Sandra Pujol— acompañados por una escenografía minimalista diseñada por Guillem Gelabert, compuesta por paneles con barrotes LED que se transforman y se desplazan a medida que avanza la historia. Una escenografía aparentemente austera que, combinada con el diseño lumínico, resulta sorprendentemente hipnótica y crea una atmósfera casi magnética, manteniendo al espectador con los ojos atentos durante toda la función.

La iluminación juega un papel clave en la narrativa. Cada acto se asocia a un color distinto y el contraste entre luces y oscuridad guía al público a través del recorrido emocional de Jeanine. Este trabajo lumínico, también a cargo de Guillem Gelabert, construye la historia como una sucesión de olas: fragmentos que llegan, golpean y se retiran, dejando restos de emociones en la arena. Los cortes narrativos, a menudo abruptos, aparecen rasgados por diálogos incómodos o momentos de suspense que intensifican la tensión.

El movimiento escénico, diseñado por Laia Duran, aporta una capa física muy potente al relato. Los cuerpos hablan tanto como las palabras y acompañan el vaivén emocional de la protagonista, ayudando a marcar los cambios de estado, los deseos reprimidos y las fracturas internas del personaje. En una obra donde la intimidad es central, resulta especialmente relevante la labor de Lola Clavo en la coordinación de intimidad, que permite que las escenas más delicadas se desarrollen con verdad, respeto y una gran carga emocional, sin perder nunca el foco artístico.

En cuanto a las interpretaciones, Sandra Pujol, en el papel de Jeanine, asume el personaje con una fuerza arrolladora. El carrusel de emociones por el que nos conduce es constante y su interpretación resulta sobresaliente. Acompañamos de cerca sus miedos, preocupaciones, el estrés, la frustración, el enamoramiento y la confusión. Destaca de principio a fin, alternando momentos de risa con otros de dolor, teñidos siempre de ese tono cómico pero profundamente agridulce que define la obra.

Los otros dos intérpretes, Pau Escobar y Patricia Bargalló, que encarnan el interés amoroso y la profesora de danza, completan el universo de la protagonista y aportan giros decisivos a la trama. Junto a Pujol, construyen personajes que despiertan curiosidad y dejan la sensación de que aún hay mucho más por descubrir de sus historias.

Más que una comedia, Dirty Crush se revela como una obra de dolor y de denuncia. Es una pieza claramente reivindicativa que pone sobre la mesa la situación de muchas mujeres. Aborda temas como el maltrato, la vulnerabilidad y esa línea tan fina —y a veces invisible— entre que una desgracia ocurra o no.

Desde mi punto de vista, el inicio resulta algo enredado. No siempre queda claro cómo se articulan las distintas etapas de la vida de Jeanine, y los diálogos entre los tres personajes avanzan en ocasiones con demasiada rapidez. Sin embargo, este desconcierto inicial deja espacio a la imaginación y a la interpretación personal del espectador, algo que también juega a favor de la propuesta.

En definitiva, Dirty Crush es una obra que invita a pensar y que deja huella, especialmente si eres mujer. Obliga a reflexionar sobre los abusos, las consecuencias del maltrato y las dinámicas de poder que todavía persisten. Una propuesta incómoda, honesta y necesaria.

Crítica realizada por Yadi Agurto

Volver


CONCURSO

  • COMENTARIOS RECIENTES