
El Teatro Español de Madrid estrena Personas, lugares y cosas con una triada creativa prometedora. Duncan Macmillan como autor, Pablo Messiez como director e Irene Escolar, como actriz principal. Sin embargo, el resultado no ofrece cuanto era de esperar.
Macmillan es un dramaturgo conocido por su forma incisiva de retratar la fragilidad humana, he ahí el monólogo Las cosas extraordinarias que ya pudimos ver hace años en España interpretado por Brays Efe. Messiez, por su parte, es un nombre fiable en la escena española. Su sensibilidad para trabajar espacios, actores y atmósferas es sinónimo de montajes dinámicos. Y Escolar, con su trayectoria de riesgo, implicación y versatilidad, parece la pieza perfecta para encarnar a Emma, una actriz al borde del abismo. Conjunción, a priori, de autoridad creativa, ambición escénica y talento actoral.
Pero… El texto -en torno al proceso de rehabilitación física y psicológica de una mujer que quiere dejar atrás sus adicciones al alcohol y las drogas-, aunque valiente en su intención, se siente excesivamente descriptivo. Contado desde fuera más que desde dentro. La distancia entre lo que cuenta y lo que se transmite es notable. Por momentos me vino a la mente sus similitudes con la serie Yo, adicto de Javier Giner —intensidad, dramatismo, abismo psicológico—, para constatar que ésta conseguía mucha más verosimilitud, honestidad y densidad vivencial.
En Personas, lugares y cosas, en cambio, la dirección de Messiez parece pensada para realzar a su protagonista, pero sin arriesgar en su conjunto. Es evidente su sello, pero no conmueve. La propuesta se queda en lo técnico —buena ejecución, oficio— pero no alcanza profundidad. Escolar trabaja con compromiso, fuerza y una aparente entrega absoluta. Transmite dolor, emoción y vulnerabilidad, pero, aun así, no me la creo. Asisto a una representación, pero no habito el mundo que se me presenta, le falta autenticidad a esta historia cargada de crudeza y dolor que se me expone.
Ahora bien, este montaje tiene indudables aciertos técnicos y artísticos. La escenografía de Max Glaenzel funciona. La caja escénica extendida y diáfana permite que las emociones y la fragilidad se expandan. La iluminación de Carlos Marquerie aporta matices de profundidad con la que colarnos en el mundo interior de la obra. El sonido y la música original de Óscar G. Villegas sostienen bien la la atmósfera de tensión y expectación. El movimiento escénico de Josefina Gorostiza… Todo encaja técnicamente, junto con el desempeño coral del resto de actores -destacan Javier Ballesteros y Tomás del Estal-, demostrando que, si la dirección hubiera apostado por ir más allá, hubiera arriesgado, podría haber llegado a algo poderoso.
Sobra control, pulcritud e intención técnica y falta aventura. Personas, lugares y cosas no me sorprendió, no me removió. Adentrarse en la oscuridad de las adicciones, en la negrura de las heridas más íntimas de quienes quedan atrapados en ellas para evadir su dolor, conlleva trasladarnos al abismo de ese vértigo. Aquí, sin embargo, predomina la forma, bien concebida y conseguida, sobre el fondo. No temblé, no me quebré. Y eso, en mi opinión, es lo que una obra así debería aspirar a lograr.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




