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03.12.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Del fandom al troleo. Una sátira de bla bla bla – Crítica 2025

Del fandom al troleo llega al Teatro de La Abadía de Madrid, directa desde su estreno en la Sala Beckett de Barcelona. Esta obra, escrita y dirigida por Berta Prieto, se revela ante el público como una propuesta ingeniosa e hilarante. La pieza se erige como una sátira mordaz sobre la creación y el ego, con la Generación Z como telón de fondo.

La trama se centra en el encuentro entre dos figuras que orbitan el universo de la creación y la exposición mediática: Ximena White, una ambiciosa guionista y directora millennial con valores y vocación de cine comprometido, y Paula Miró, la ciberactivista protagonista de su último biopic en Netflix. Paula, cansada del «overthinking» que la consume, inició una «transición» para llegar a ser «tonta» como forma de liberación definitiva y dejar de sufrir, convirtiéndose accidentalmente en un icono. A través de este contraste, la obra de Prieto se transforma en una autoficción ácida que cuestiona el agotamiento del lenguaje, la necesidad de generar una opinión constante y los peligros y consecuencias de la victimización en las narrativas contemporáneas.

El montaje se sostiene en la visión creativa de Berta Prieto, quien asume el doble rol de texto y dirección. En el apartado interpretativo, la obra cuenta con cinco actrices: Belén Barenys, Roser Dresaire, Judit Martín, Irene Moray y Laura Roig. El diseño visual y sonoro corre a cargo de Paula González en la escenografía, Gabriela Bianchi en la iluminación y Núria Barrientos junto a Iker Rañé en el sonido. Además, Belén Barenys es la responsable de la música original, con producción musical de Núria Barrientos. Completan el equipo la ayudante de dirección Lola Rosales, el vídeo de Victor Diago y el vestuario de Chloe Campbell, todo ello bajo la producción de la Sala Beckett.

Hace justo un año maldije mi suerte por estar en Barcelona en las fechas que se programaba en la Beckett Del fandom al troleo y por curro y el sold out, tener que conformarme con que mi amigues fuesen a verla, y me comprasen el texto. Mi premio de consolación. Hasta La Rosalía fue a la Beckett a ver la obra y casi que la describe como un cultural reset teatral, pero bueno, yo creo que ahí quizás estaba dando este testimonio high on LUX y la espiritualidad, ya sabemos, nos lleva a un estado alterado de la consciencia y bueno, que quizás se pasó en sus declaraciones, aunque si, Del fandom al troleo es importante porque me hace despertar del letargo y la pereza que me provoca la temporada actual de Madrid.

Puede que esté hablando por mi el Escitalopram y que quizás esta intervención farmacológica en mi psique sea el estado mental más próximo al de las protagonistas de este proyecto: por un lado, sobrestimuladas, forzadas inconsciente y conscientemente a la continua producción, creación, y autoconsciencia, en una perversa espiral capitalista que no podemos evitar. Nadie nos puede recomendar que hasta los dos años cumplidos de edad estemos «screen-free» y dediquemos nuestro tiempo a mantitas sensoriales, experiencias vitales empaquetadas en cajas de cartón, obsequiadas por amistades vagas e impersonales, para disfrutar en lugares idílicos a tan solo 3 horas de Madrid (sin posibilidad de llegar en transporte público). Arrabal nos avisó que el milenarismo iba a llegar, y nos lo tomamos a risa mientras tropezaba con mesas bajas y era escoltado fuera de un plató: Gustavo, el mendigo atontado de Del fandom al troleo, es une hije del milenarismo, es el brote verde que sembró Arrabal, y parece que su filosofía de vida para hacer frente una realidad sobredimensionada, sobrestimulante, hostil y precaria es la única posible, aunque esta no vaya encaminada a la performance final de participar de un rapture autolesivo en la universidad. Yo soy Gustavo, aunque actualmente no tenga ni ganas de irme tras unos matorrales de Plaza de España a pasar el rato como él en Plaza Cataluña.

Berta Prieto es una voz de su generación, no LA voz, pero una voz que hay que escuchar, como a Juana Dolores, como a Samantha Hudson, como a Esty Quesada o Megane Mercury. Las voces que deberíamos estar escuchando en la actualidad no deberían estar haciéndose desde la cesión del espacio mayoritario, desde la cuota regalada a los márgenes: aliados calvos boomer que levantan el puñito con las uñitas pintadas por las precarias, por las discas, por las racializadas. La generación actual son todo ese conjunto de voces plurales que más allá del ego y la sobrexposición, escuchan a sus amigas, no las juzgan, cuentan con ellas, y se colectivizan porque saben que solo juntas podrán motivar el cambio. La voz de esta generación es un aullido mecánico, con mucho vocoder, un ruido rosa de voces que bla bla bla que bailan techno mientras vapean en una sala que apesta a popper. Y para mi, ese state of mind, este caos escénico es Del fandom al troleo.

Un millenial calvo escribiendo sobre un proyecto escénico zeta, roza el meme, pero como hombre homosexual me acerco más al despliegue punk del número de Mummy Issues que a la programación de los Teatros del Canal. Todas las referencias a la cinefilia, la cuotas, el desvío de dinero materno a drogas y fiesta, las operaciones de estética de profesionales no homologadas, la ESCAC/ECAM salvando la vida de pijas aburridas y las retransmisiones de suicidios (mediáticos) en directo, son mi feed de TikTok, mi vocabulario y mi verdad. Que asistir a este montaje haya coincidido casi en el tiempo con haber visto la película Los bobos de Sofia Jallinsky y Basovih Marinaro, sobre una banda organizada que ofrece un tratamiento ilegal con electricidad para alterar la capacidad mental e incapacitar a quien la recibe, no parece casualidad, pero si parece ese refugio al que acudir porque la realidad ya se hace insoportable y antes que caer en el fascismo, imagino que será más fácil volverse tonto y sumarnos a la masa aborregada, hiperconsumista e irresponsable, ante la certeza de que nos vamos a la mierda y que al menos nos pille de after.

Del fandom al troleo es la obra que no sabría a quien recomendar, y ni siquiera se si mi novio O. disfrutaría de este retablo zeta, feminista, bobo, autoconsciente y alucinado al que entre las teatreras parece que da miedo acercarse como me pasaba en su día con la Liddell, o ante la sinceridad de Marina Otero, o ante el comunismo de Juana Dolores. Aplaudo este musicaln’t punk, oda a la creación y a que al menos hayas intentado hacer «algo», que es la única forma de salvarnos, al menos intentando hacer arte.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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