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26.11.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
L’elisir d’amore – Crítica 2025

El Gran Teatre del Liceu de Barcelona presenta la celebrada producción de Mario Gas de L’Elisir D’Amore de Gaetano Donizetti. La comedia más popular del autor, y una de las joyas más queridas del bel canto, vuelve a pisar las tablas del gran teatro con las voces de Javier Camarena, Pretty Yende y el debut de Serena Sáenz como Adina.

L’elisir d’amore es una de las últimas grandes comedias del bel canto italiano, heredera directa de la ópera bufa que brilló en el siglo XVIII y que con Donizetti alcanza un nuevo momento de esplendor.

La historia que se nos presenta en escena nos habla de Nemorino, un campesino ingenuo y de buen corazón que está enamorado de Adina. Pero ella no le corresponde. Cuando un estafador llamado Dulcamara —que se hace pasar por doctor y vende remedios mágicos— llega al pueblo, Nemorino le pregunta si tiene el filtro de amor de la reina Isolda, que ha conocido gracias a una historia que a Adina le gusta. Este filtro, supuestamente, hará que cualquier persona se enamore de él. Dulcamara le vende vino barato haciéndole creer que tendrá un efecto mágico. Al principio, Nemorino duda, porque Adina accede a casarse con el sargento Belcore con intención de que él hable y le exprese su amor. Pero cuando muere un tío suyo rico y le deja una herencia fabulosa —sin que él lo sepa—, todas las chicas del pueblo quieren casarse con él. Finalmente, Adina reconocerá su amor, y la pareja tendrá un final feliz.

Donizetti nos presenta una ópera clásica y sencilla en su trama e historia, con personajes claramente definidos, situaciones cómicas que avanzan con naturalidad y algunas de las melodías más memorables del compositor, como es el caso de Una furtiva lagrima.

L’elisir d’amore es así una ópera sencilla en la escucha, fresca, llena de equívocos y fórmulas de éxito para provocar la risa, pero también tiene un ángulo idealista —muy romántico, en definitiva— que atrae al público y da a la ópera un aire de modernidad. Una ópera que combina humor, romanticismo y una caracterización musical especialmente viva y cercana. Se podría decir que es una de las mejores óperas para iniciarse en el género.

En la parte actoral, la ópera cuenta con un elenco de ensueño. Empezando por las brillantes sopranos Pretty Yende, Serena Sáenz y Marina Monzó, quienes se alternan como la astuta y encantadora Adina, junto a los tenores Javier Camarena, Michael Spyres y Filipe Manu, ganador del Concurso Viñas 2024, como el tierno e ingenuo Nemorino. Los barítonos Ambrogio Maestri, Fabio Capitanucci y Simón Orfila dan vida al carismático vendedor ambulante doctor Dulcamara. Y, finalmente, el papel del sargento Belcore recae en tres cantantes jóvenes, el inglés Huw Montague Rendall y dos brillantes talentos de la cantera catalana, Jan Antem y Carles Pachon.

La noche del estreno, pudimos disfrutar de la combinación de Serena Sáenz como Adina, Filipe Manu como Nemorino (quien tuvo que sustituir in extremis a Camarena por una afectación vocal), Ambrogio Maestri como el doctor Dulcamara y, finalmente, Huw Montague Rendall como el sargento Belcore.

Esa noche Serena Sáenz realizó su debut como Adina y, la verdad, aunque pareció estar algo dubitativa y nerviosa en la primera parte de la ópera, esta consiguió reponerse y sobrellevar su personaje en una segunda parte llena de sobreagudos brillantes hechos con buen gusto. Una línea por la que su personaje pasa durante la totalidad del segundo acto, volviéndose más demandante y menos contenida.

Presentando a Nemorino, la noche del estreno pudimos disfrutar del trabajo de Filipe Manu. El actor resolvió una noche de estreno en la que la platea esperaba disfrutar de Javier Camarena, quien tuvo que cancelar por una afección vocal. El joven tenor Neozelandés salvó una noche de estreno con una correcta interpretación de su Nemorino. Una voz lírica suave y ligera, llena de juventud, se elevaba sobre las tablas para deleitarnos con un personaje cariñoso y juguetón. El actor empezó dubitativo pero, poco a poco, fue cogiendo confianza y mejorando ofreciéndonos un personaje cercano y real. Aun así, la proyección vocal le ofreció una mala pasada, ya que en varias ocasiones quedó opacada por la orquesta, sin conseguir una proyección clara y potente que resonara en las paredes del templo de la ópera.

Por otro lado, disfrutamos mucho con el Belcore que Huw Montague Rendall nos presentó esa noche. El barítono británico nos ofreció todo lo necesario para llevar a su personaje al éxito. Esa necesaria chulería extrema de un joven militar que lucha por lo que quiere (o se le antoja), una expresión rotunda sin llegar a ser ruda, y un trabajo vocal excelso con una belleza tímbrica que liberaba a un personaje que pisaba fuerte la escena. Su proyección vocal, siempre controlada, hizo que sintiéramos bien cerca ese personaje creador de conflicto.

Por su parte, Ambrogio Maestri nos presentó al caradura Doctor Dulcamara, un personaje lleno de carisma y rebosante de felicidad. Siempre juguetón, chulesco, desenfadado y, porque no, incorregible. Maestri volvió a ponerse en la piel de este personaje 12 años más tarde para presentarnos a un Dulcamara que se roba todas las escenas en las que sale. Una personalidad fuerte a la que nadie puede hacerle sombra.

Por último, la soprano Anna Farrés nos ofreció una Giannetta cercana y cumplidora que supo llevar al éxito y ganarse los aplausos del respetable.

En la parte técnica, destacar que la reposición de Leo Castaldi es tan perfecta que parece no haber pasado de moda. La escenografía del pequeño barrio italiano, ideada por Marcelo Grande (quien también se encarga de firmar un colorido y fidedigno vestuario), mantiene ese aire ochentero que tanto nos enamora junto a su predisposición de espacio de fiesta y jolgorio italiano -del cual podremos disfrutar en el inicio del segundo acto-. A su vez, su construcción es ideal para que las voces no se dispersen en escena. Cuarenta años más tarde, esta insigne producción sigue funcionando a la perfección. Lo mismo ocurre con la iluminación de Quico Gutiérrez, quien consigue ofrecernos esa luz de aire romántico y ensoñador de un barrio italiano recién bañado por el alba.

En la parte orquestal, Diego Matheuz dirigió la Orquestra del Gran Teatre del Liceu con fuerza y decisión, algo que en algunas ocasiones le jugó malas pasadas llevando un tempo más rápido del esperado y/o opacando las voces de los cantantes.

Por último, en lo que al coro acontece, aplaudir de nuevo la labor de Pablo Assante como director y el gran trabajo realizado por los mismos integrantes, quienes ayudaron a elevar el montaje.

Crítica realizada por Norman Marsà

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