
Oliver Twist, el personaje ideado por Charles Dickens en 1837, llega al Teatro La Latina de Madrid en versión musical. Una producción de gran nivel artístico y musical que firman Pedro Villora (libreto y letras), Gerardo Gardelín (director musical) y Juan Luis Iborra (director de escena).
Publicada originalmente como novela por entregas de aparición mensual entre febrero de 1837 y abril de 1839, Oliver Twist fue la segunda novela de uno de los grandes nombres de la literatura británica. En ella, Charles Dickens mostraba la crudeza de la Inglaterra victoriana haciendo protagonista a un ser indefenso, un niño, que debía enfrentar el abandono, la miseria, el trabajo infantil, las redes criminales y la injusticia social. Dickens plasmó esa infancia rota al tiempo que apelaba a sus lectores a defender su dignidad y mantener la esperanza, confiando en que incluso en los rincones más oscuros puede surgir la bondad.
El equipo de Los chicos del coro vuelve al ataque con gran acierto en esta adaptación musical de Oliver Twist. La labor de Pedro Víllora brilla por su capacidad de síntesis: condensar una novela de cientos de páginas en una narración vibrante que no pierde altura ni emoción. Los números corales llenan el escenario, al tiempo que se reservan momentos para destellos individuales que permiten al público acercarse a la personalidad, y el carácter de los personajes principales. El equilibrio entre multitud y foco, entre conjunto y protagonista, está muy bien logrado.
El maestro de escena, Juan Luis Iborra, pone en marcha una dirección escénica que hace fluir lo que acontece. Pasamos con naturalidad de la calle al interior, de lo sórdido de un escondite de ladronzuelos a la opulencia de una casa del alguien pudiente, de la rudeza del orfanato al solemne juzgado. Esa transición orgánica, casi invisible, construye el viaje de Oliver y al mismo tiempo el nuestro como espectadores. Hay coherencia en el ritmo de la puesta en escena e inteligencia en la disposición de espacios, luces y personajes.
Por su parte, Gerardo Gardelín, director musical, despliega una partitura que anima, emociona y ambienta. Desde pasajes más íntimos hasta explosiones corales, su música no solo acompaña, sino que da voz y latido al escenario. Hay espacio para voces individuales que brillan, por supuesto, pero el verdadero triunfo está en la sensación de conjunto, de una cadena de notas, gestos y cuerpos que se mueven como uno y que elevan la función.
Eso es lo que transmite el trabajo de todos ellos, el haber asistido a una historia con un personaje conductor —Oliver Twist— pero que al mismo tiempo nos habla de una ciudad, Londres, de un tiempo, la revolución industrial, de una infancia desprotegida y de una esperanza compartida. Nos sumergimos fácilmente en ese viaje hacia el Londres del siglo XIX, lo disfrutamos intensamente mientras dura, y salimos de él con una sonrisa. Porque sí, al menos en la ficción, en la literatura y en el teatro musical, el bien puede triunfar, incluso cuando en sus inicios queda oculto por la oscuridad.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




