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10.11.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
El entusiasmo – Crítica 2025

El entusiasmo de Pablo Remón, uno de los títulos y nuevas producciones de la temporada llega al Teatro María Guerrero (Centro Dramático Nacional) de Madrid con un cartel de actores siempre prometedores: Francesco Carril, Natalia Hernández, Raúl Prieto y Marina Salas.

Remón se ha especializado en diseccionar con humor, ironía y cambio de registro los conflictos del presente: la narración, la identidad, el fracaso, la reinvención. Sus textos son ágiles, alternan voces, cambian de plano. Su teatro no aspira tanto a ofrecer respuestas como a provocar reflexiones sobre cómo vivimos, cómo contamos lo que vivimos y qué queda de nosotros cuando ya no somos los protagonistas de nuestras propias historias. Basta recordar títulos como Los mariachis (2018) o Los farsantes (2022).

Los protagonistas de El entusiasmo son una pareja que ya ha sobrepasado los cuarenta, Toni y Olivia, matrimonio antes liberal y hoy burgués, con dos hijos y atrapados en un estancamiento vital. El, profesor universitario, no encuentra la inspiración ni la disciplina para ponerse manos a la obra con su segundo libro. Ella, periodista, se siente atrapada por los deberes e imposiciones de la maternidad. Remón utiliza esta crisis de la mediana edad como espejo de un mundo que parece atrapado en su propia parálisis. Ya no basta con buscar ilusión, el reto es reconocer si hemos sido autores de nuestras vidas o simples personajes de una narración ya escrita.

El entusiasmo parte de un planteamiento dinámico, de una estructura fragmentada, con flashbacks, narradores que entran como entrevistadores, personajes que se desdoblan, y un tono que pragmáticamente oscila entre la comedia sentimental y la reflexión existencial. Ese equilibrio permite momentos de penetración emocional e identificación: la pareja que se mira y se interroga, la escritura como motor del personaje de Toni, la maternidad/paternidad como territorio ambiguo para Olivia.

Francesco Carril y Natalia Hernández atraviesan bien esas transiciones y la puesta en escena logra instantes luminosos. Pero cuando la obra se adentra en su propio juego —esa reflexión sobre la narración, sobre el ser autor de tu vida—, su discurso se prolonga sin aportar nada nuevo, pierde ritmo y deja de generar sorpresa. Cuando la obra va bien, también lo hace la química entre Carril y Hernández. La fluidez de sus diálogos y su capacidad para revelar la melancolía que los tiene atrapados hace que sus personajes resulten creíbles y cercanos. Por su parte, Raúl Prieto y Marina Salas cumplen con solvencia sus múltiples papeles secundarios, desde hijos a psicólogo, desde amante a florista. La versatilidad que aportan funciona, pero también acaban siendo víctimas del desvarío final del trazado argumental de El entusiasmo.

En su conjunto, El entusiasmo es una función donde todo está bien diseñado. La escenografía de Mónica Boromello, el diseño de iluminación de David Picazo y el vestuario de Ana López Cobos aportan un ambiente cuidado y coherente con el discurso de la obra. El montaje emociona en sus momentos más sinceros y estéticamente está logrado. Sin embargo, al mismo tiempo, no aporta nada verdaderamente novedoso ni en su argumento ni en su desarrollo ni en su traslación a escena.

La crisis de los 40, el matrimonio, la maternidad/paternidad, la búsqueda de sentido… son ya territorio muy transitado. Y aunque Remón recurra a la narración metateatral, su viaje termina resultando menos radical de lo que sería esperable de él. En definitiva, una obra correcta, con claros aciertos, pero que se queda un paso por debajo de lo que podría haber sido.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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