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05.11.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
El imperativo categórico – Crítica 2025

Respaldada por el éxito rotundo de su estreno catalán y por haber recibido el Premio Nacional de Literatura Dramática 2025, El imperativo categórico, texto y dirección de Victoria Szpunberg, llega al Teatro de la Abadía de Madrid con las entradas agotadas antes incluso de levantar el telón.

Estrenada originalmente en febrero de 2024 en el Teatre Lliure de Barcelona, la dramaturgia de El imperativo categórico le ha valido a su autora, Victoria Szpunberg, uno de los galardones más preciados, el Premio Nacional de Literatura Dramática de este año otorgado por el Ministerio de Cultura. “Por la profunda y potente carga dramática y el dominio de una técnica ingeniosa con la que la autora encuentra el tono y la temperatura ideal de una pieza irónica e incisiva. Desde una base filosófica, Victoria Szpunberg retrata la crueldad de un sistema capaz de expulsar a cualquiera de sus miembros, incluso cuando se someten a sus normas”. Así han quedado glosados sus méritos en el boletín oficial del estado, casi nada.

La trama parte de una situación tan cotidiana como incómoda. Una mujer madura, docente y autónoma, debe abandonar su vivienda por una subida abusiva del alquiler. A partir de ahí, la obra despliega una radiografía sobre la precariedad y el desarraigo. La protagonista, entre la desesperación y el sarcasmo, intenta mantener su dignidad mientras el mundo se desmorona a su alrededor. Todo ocurre en un tono tragicómico que, lejos de recrearse en la queja, expone con agudeza la violencia sutil de los mecanismos que nos empujan a seguir sonriendo mientras todo se descompone. Es una historia sobre perder el suelo —literal y simbólicamente— en un tiempo en que la vivienda se ha convertido en un lujo y la estabilidad en una quimera.

Szpunberg entrelaza con maestría las sombras de Kafka y el rigor moral de Kant con que inicia su texto para levantar una dramaturgia que en la que la sensatez deriva en absurdo y lo ético en grotesco. El imperativo categórico es la necesidad de resistir sin perder la compasión. En el fondo, su propuesta es un espejo de nuestro tiempo. La soledad urbana, el individualismo, la gentrificación y el neoliberalismo emocional. Todo se mezcla en un cóctel inquietante que retrata a una sociedad donde las buenas intenciones no bastan o ni siquiera se fingen.

El trabajo interpretativo de Àgata Roca y Xavier Sáez resulta notable. Ella sostiene un personaje apesadumbrado y lúcido, una mujer que se ríe para no llorar, que clava cada réplica con una ironía tan afilada como el cuchillo que sostiene en distintos momentos. Su interpretación es un mosaico de matices, de la fragilidad al humor ácido sin perder la humanidad. A su lado, Sáez encarna diversos secundarios que orbitan en torno a la protagonista. Funcionarios, vecinos impresentables, agentes inmobiliarios y heterobásicos. Su trabajo da cuerpo a un sistema tan omnipresente como invisible, y sirve de andamiaje emocional para la travesía interior de ella.

El imperativo categórico hace pensar y reír. Su planteamiento escénico es sólido y preciso, una escenografía minimalista (Judit Colomer) que juega con la cuarta pared, una ambientación sonora (Lucas Ariel Vallejo) envolvente y un uso inteligente del espacio que refleja tanto la precariedad material como la mental. Szpunberg demuestra que se puede hacer crítica social sin perder el pulso poético ni el sentido del humor. En un panorama teatral necesitado de autenticidad, esta obra es un recordatorio de que la filosofía, cuando se encarna en buena dramaturgia, sigue siendo un acto de resistencia.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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