
Boira es la propuesta que estos días acoge el Teatre Nacional de Catalunya de Barcelona en su Sala Petita, un texto de la dramaturga contemporánea Lluïsa Cunillé bajo la dirección de Lurdes Barba. Albert Pérez, Àurea Márquez y Lina Lambert, junto a otros intérpretes, encarnan a personajes cuyas vidas se ven atravesadas por la misma densidad de la niebla que domina el exterior.
Cunillé ha demostrado en trabajos anteriores su inclinación a desnudar a sus personajes, que comparten vivencias y frustraciones a través de la palabra. En Boira nos encontramos con cinco figuras que han fracasado en alcanzar los sueños que perseguían; algunos ya han renunciado, otros siguen resistiendo, y todos transitan como pueden por unas vidas limitadas por la niebla que los rodea.
La autora sitúa la acción en un país indeterminado de Europa del Este para retratar el desencanto de una libertad prometida: la que el capitalismo debía traer tras la caída del telón de acero. Veinticinco años después, sus ciudadanos siguen aguardando esa ansiada promesa de un mundo mejor, atrapados en una democracia que dista mucho de lo esperado. Ese sentimiento queda condensado en una frase que podría funcionar como titular de la obra, cuando la madre afirma: «El comunismo nos expulsó de nuestras vidas. El capitalismo nos expulsará del mundo».
La dirección de Lurdes Barba, con amplia experiencia en los textos de Cunillé, logra exprimir al máximo la vacuidad en la que habitan los personajes mediante pausas, silencios y un trabajo de escucha compartida. Al mismo tiempo, consigue que el montaje deje abiertas múltiples preguntas para que sea el propio espectador quien las complete desde su mirada personal.
La escenografía de Lluc Castells, acompañada con acierto por la iluminación de Maria Domènech, refuerza todas esas sensaciones al concentrar la acción en un único espacio: la sala de la casa del matrimonio, concebida en tonos grises, con materiales fríos y un aire tétrico, donde nada funciona —ni la calefacción ni la televisión— como metáfora de la sociedad averiada en la que habitan los personajes. En ese entorno, la ventana se erige como la otra gran protagonista, un umbral por el que la niebla aparece y desaparece y al que se asoman casi todos los personajes, como si en ella pudieran vislumbrar una salida a su situación personal.
Los cinco intérpretes del elenco realizan un trabajo notable en un montaje que prioriza la contención emocional, la desolación latente y la constante lucha por vislumbrar un resquicio de luz en medio de un entorno socio‑políticamente hostil. No es una tarea sencilla: la interpretación exige dominio de las pausas, de los silencios y de unos monólogos que pesan más que los diálogos. Sin embargo, la veteranía sobre las tablas —incluso en el actor más joven— aporta el rigor necesario para dotar a la obra de la profundidad que su temática reclama.
Lina Lambert ofrece con gran maestría el retrato de una madre encarcelada en una enfermedad que la incapacita y que solo sobrevive gracias a sus recuerdos. Su interpretación destaca por la naturalidad y la ausencia de estridencias.
Por su parte, Albert Pérez construye un personaje entrañable que, junto a su hijo, proyecta una chispa de esperanza en el sombrío entorno que lo rodea, aunque en su caso ese sueño se reduzca a servir tras la barra de un bar. Frente a él, un sobresaliente Quim Àvila encarna con intensidad a ese hijo inconformista que rechaza la vida de sus padres y huye tras unas riquezas que nunca llegan. Es también quien, pese a equivocarse en el rumbo, se resiste a aceptar el sistema tal y como está y persigue un cambio.
El vecino, interpretado por Jordi Collet, encarna a quienes un día fueron alguien y, con el paso del tiempo y los vaivenes de los nuevos sistemas, han caído en la degradación más profunda. Además, Collet firma el espacio sonoro, que acentúa ese ambiente frío y, por momentos, tenebroso que envuelve la obra.
Finalmente, Àurea Márquez da vida a la misteriosa viajera, cuyo pasado se revela lentamente a lo largo de la función. Ella se convierte en el espejo en el que todos los personajes buscan una esperanza de cambio y un lugar donde volcar sus miserias. Su trabajo resulta especialmente destacable: siendo el personaje central, apenas cuenta con texto, de modo que su interpretación se sostiene en la gestualidad, la escucha y la capacidad de empatizar.
Boira es una función densa como una niebla matinal, por la profundidad de su mensaje y un tono melancólico que roza la tristeza. Pero también transmite un destello de esperanza: a pesar de las experiencias negativas y de un entorno poco favorecedor, la esencia del ser humano permanece. A medida que avanza la historia, los personajes dejan entrever aquello que aflora por necesidad: el cariño, la empatía, el anhelo de reconocimiento. Todo ello demuestra que, incluso en mitad de la niebla, siempre es posible encender una luz.
Boira estará en el Teatre Nacional de Catalunya hasta el 9 de noviembre y se presenta como una propuesta más que recomendable para quienes deseen desconectar del estrés cotidiano y, al mismo tiempo, entregarse a un ejercicio de reflexión posterior.
Crítica realizada por Diana Limones




