
Teatros del Canal de Madrid acogió, como parte de las actividades en torno a la celebración de la Hispanidad, la obra teatral La verdadera historia de Ricardo III, una espectacular adaptación del clásico de William Shakespeare dirigida por Calixto Bieito y producida por el Teatro San Martín de Buenos Aires.
Febrero de 2013. Un equipo de investigadores británicos sorprende a los medios al anunciar el hallazgo de los restos de Ricardo III, último representante de la dinastía de los York, muerto en combate frente a las tropas de los Tudor, quienes pusieron fin a su reinado y reclamaron el trono de Inglaterra. Su figura, envuelta en controversia, fue inmortalizada en el siglo XVI por Shakespeare, para complacer a la misma monarquía que lo había derrotado, en una versión que lo convirtió en un villano ambicioso, manipulador y deforme.
Este año, el director español Calixto Bieito, reconocido por sus anteriores adaptaciones de Shakespeare, vuelve a llevarlo a escena, ahora encarnado por el actor argentino Joaquín Furriel, quien lo impulsó personalmente a emprender el proyecto. La propuesta de Bieito parte del descubrimiento arqueológico y se adentra en la investigación científica sobre los restos, intercalando escenas del estudio con una adaptación contemporánea de la historia literaria para construir un relato que examina la naturaleza de la maldad.
La historia ha sido contada innumerables veces, por eso Bieito acierta al poner el acento en la corporalidad de los intérpretes, sin dejar de lado el magnífico texto del dramaturgo británico. Como el jabalí que figura en el emblema de la casa del monarca, Furriel embiste con su actuación: las emociones recorren su cuerpo, que domina con precisión en un juego que oscila entre la comedia más bufonesca y el retorcimiento más oscuro, encarnando con intensidad la monstruosidad que durante siglos se atribuyó al rey.
Le siguen el ritmo los otros nueve actores que forman parte del elenco, creando imágenes paralelas en el escenario que suman al relato surrealismo, incomodidad y desconcierto, como piezas de un puzzle que no parece llegar a encajar. Quizá este es el verdadero punto de la obra. Según el drama shakespeariano, Ricardo mintió, manipuló, atormentó y mató a su propia familia, a sus fieles y súbditos por una ambición imparable y una atracción por el caos que lo convierte en uno de los grandes personajes arquetípicos de la literatura. ¿Puede alguien ser tan malo?
Esta es una historia de abuso de poder, crueldad, demagogia y confusión, nacida quizá de un relato mal contado, sesgado o directamente falseado. Tal vez sea completamente cierta o tal vez no tenga ni un ápice de verdad, pero en su fondo late la complejidad del sentir humano, tan retorcido a veces que provoca desconcierto, duda y miedo: el verdadero pulso que sostiene esta obra.
El hallazgo de los restos bajo un aparcamiento público de Leicester, gracias a la intuición de Philippa Langley, guionista de televisión fascinada por la figura histórica, añade otra capa de fascinación al relato. Convencida de que la versión isabelina del personaje estaba distorsionada, Langley siguió las pistas que el propio soberano podría haber dejado y llegó hasta el antiguo emplazamiento de la iglesia de Greyfriars, cubierta entonces por una muralla victoriana y un parking público. Su corazonada la condujo a uno de los descubrimientos más sorprendentes de la historia reciente, un hallazgo que Bieito integra en su montaje para subrayar la tensión entre mito y realidad.
Crítica realizada por Judith Pulido




