novedades
 SEARCH   
 
 

06.10.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Cae una catedral – Crítica 2025

Los Pipis Teatro, la compañía argentina comandada por Federico Lehmann y Matías Milanese, traen su fuerza creativa a Madrid con su obra Cae una catedral, que se presenta en la sala El Umbral de Primavera. Valentía y ternura, y la intimidad de dos cuerpos que se encuentran en el crepúsculo de una vida.

En un reencuentro que es a la vez una despedida, la obra nos presenta a dos hombres unidos por un pasado amoroso. Uno de ellos está a punto de dejar este mundo, y el otro ha vuelto a su ciudad para dar un nuevo paso en su vida. La historia se desarrolla a través de un diálogo que es a la vez profundo y sencillo. La genialidad de Los Pipis radica en su capacidad para crear un universo emocional a partir de lo cotidiano, de un gesto, de una mirada. La obra no necesita de un gran conflicto para atrapar al espectador; se sostiene con la pura verdad de la interacción humana. Lehmann y Milanese, que son autores y actores, habitan a sus personajes de una manera tan auténtica que se sienten menos como roles y más como extensiones de sí mismos.

El trabajo de Los Pipis es una declaración de amor al teatro independiente y a las historias que no suelen contarse en los grandes escenarios. Su lenguaje es el de la generación queer y millennial, un idioma que celebra la autenticidad, la pluma y la pasión. Se sienten como una ráfaga de aire fresco que se opone a las producciones vacías y a la necesidad de ser instagrameable. Los Pipis apuestan por la carne, por las emociones que te golpean sin avisar, por la conexión real que se genera entre el público y el escenario. Es una compañía que te hace sentir que eres parte de algo, una comunidad que aprecia el arte en su forma más pura y humana.

Sin embargo, esta aparente sencillez esconde una desmesura que apabulla. A la salida de la función, me quedé con la sensación de no haber asimilado del todo lo que acababa de ver, como si me hubiesen bombardeado con un chorreo de información. Su argumento, deslavazado y fracturado, salta de escena en escena componiendo un mosaico de momentos al más puro estilo Gen-Z o, un TikTok en vivo y directo. La energía que desprenden ambos en escena es descomunal. El trabajo físico de Lehmann y Milanese es de una exigencia que roza lo olímpico. Ponen el verbo y el cuerpo, de forma literal, en la escena, y es esa entrega total la que hace que, aunque la obra sea una nebulosa en tu memoria inmediata, deje un poso de emoción que perdura.

Y cada vuelta a Madrid es más grande que la anterior. No solo suman más ciudades a su tour, sino que su programación incluye más prórrogas porque agotan todas las funciones. Se siente que no estamos asistiendo al nacimiento de algo grande, sino que ya van por una adolescencia artística, con un sello inigualable, una legión de fans muy fiel, un boca-oreja infalible y todo un equipo como el de El Umbral de Primavera, Ka Penichet y Carlos Valdivia como embajadores madrileños, cuya labor de amor y comunicación es incuestionable.

La obra es un recordatorio de que la verdadera belleza está en la imperfección y en el paso del tiempo. Los Pipis, con su arte, no solo nos cuentan una historia; nos invitan a un ritual de sanación. Nos recuerdan que, incluso en el momento de mayor fragilidad, hay una fuerza incontenible, una poesía silenciosa, que nos hace humanos. Al salir del teatro, te llevas la sensación de haber presenciado un acto de amor en su estado más puro y vulnerable. Una pieza que, con su sencillez, te deja sin aliento.

Crítica realizada por Ismael Lomana

Volver


CONCURSO

  • COMENTARIOS RECIENTES