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29.09.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
La Guineueta Astuta – Crítica 2025

El Gran Teatre del Liceu de Barcelona inaugura la temporada 25/26 con el estreno de La Guineueta Astuta de Leoš Janáček. El maestro Josep Pons será el encargado de dirigir un total de 7 funciones en las que Barrie Kosky nos presenta una producción simbólica, articulada mediante el uso espacial de la luz, que refleja el tema central de la ópera: el ciclo eterno de la naturaleza.

El Gran Teatre del Liceu inicia la temporada teatral con la nueva coproducción de La Guineueta Astuta de Janáček. Una ópera que cuenta con la propuesta escénica de Barrie Kosky (reposicionada por Andreas Weirich) y las voces principales de Elena Tsallagova, Peter Mattei y Paula Murrihy.

Esta coproducción con la Bayerische Staatsoper de Múnich cuenta también con el Cor Infantil de l’Orfeó Català, dirigido por Glòria Coma, y con el Coro del Gran Teatre del Liceu, dirigido por Pablo Assante. La escenografía corre a cargo de Michael Levine, el vestuario de Victoria Behr y la iluminación de Franck Evin.

La Guineueta Astuta es una de las obras compuestas por el compositor checo Leoš Janáček en su vejez, a punto de cumplir 70 años. Inspirada inicialmente en un simpático cuento infantil checo, el músico decidió adaptar la historia original para tratar aspectos de naturaleza filosófica que le preocupaban en ese momento de su vida: la relación entre los seres humanos y los animales, y el ciclo de la naturaleza, que siempre exige el tránsito necesario de la muerte para poder renacer y renovarse. Escrita en un lenguaje armónico heredero del romanticismo y del mejor modernismo, es una de las grandes óperas del siglo XX.

Se trata de un cuento infantil que se convirtió en una reflexión filosófica para adultos. La historia original era una simpática colección de travesuras de la zorrita astuta, pero Janáček percibió en ella un matiz: también se trataba la relación entre los seres humanos y los animales, y el destino inevitable de la protagonista –lógicamente, la muerte– no lo observó como algo patético, sino como un rito de paso necesario en la eterna rueda de destrucción y renacimiento que caracteriza el mundo natural. A partir de esta idea, Janáček se reunió con Tesnohlídek (el poeta que había publicado el cuento original en 1920 en el diario Livodé Noviny) para pedirle permiso para adaptar la historia y decidió escribir él mismo el libreto.

La ópera que podemos disfrutar en escena no evita caer en el tono ligero del cuento –hay momentos tiernos y humorísticos–, pero si es cierto que la carga principal recae en la representación realista de la naturaleza y en sus procesos. Cada uno de los actos de la opera ocupa un período en la vida de la protagonista, la zorra Bystrouška: en el primero, la vemos como un cachorro y cómo pasa su juventud cautiva, tras ser capturada por el Guardabosques; una vez se libera del cautiverio, en el segundo acto la seguimos en la madurez, desde que engaña a un tejón para quedarse con su madriguera hasta que se enamora de un zorro de pelaje dorado; finalmente, el tercer acto es el de la muerte –Harašta, el Cazador furtivo, la mata fríamente de un disparo– y el renacimiento, ya que Bystrouška ha tenido cachorros y la historia volverá a empezar. La Guineueta Astuta es una ópera para reír y llorar, para emocionarse y compadecerse, articulada a partir de un lenguaje musical de gran belleza que hibrida el romanticismo del siglo XIX con el modernismo del XX.

En la producción que nos ocupa, el director de escena, Barrie Kosky, ha querido huir de los colores verdes de la naturaleza y de los árboles falsos del bosque donde se ambienta la obra. Es más, el color es un distintivo que ayuda a clarificar quienes son animales y quienes humanos, puesto que estos últimos visten exclusivamente de negro; mientras que los primeros son los que visten colores pastel huyendo de disfraces que puedan desconectar al público de la historia o convertir la ópera en un espectáculo más infantil. Las únicas que veremos vestidas de animales serán las gallinas del corral, posiblemente el momento más simpático de toda la función.

La producción que dirige Barrie Kosky respeta los temas centrales de la ópera y la trata como una pieza inteligente, grave y madura. No en vano, lo primero que se ve al levantarse el telón es un funeral: unos hombres, vestidos de negro y envueltos en la penumbra del escenario casi sin iluminación, echan tierra sobre un agujero, que se convertirá en un elemento escenográfico recurrente cuando entendamos que esta obra trata el ciclo de la vida.

Por otra parte, Kosky decidió no reproducir un bosque en sí, sino que los decorados están basados en una caja negra en la que se sobreponen espesas cortinas de cristales y luces que ayudan a construir y diferenciar los lugares de la historia. Aunque este tipo de escenografía permite que la ópera se represente íntegramente sin interrupciones, uniendo los tres actos en un arco temporal de 100 minutos, no ayuda a situar la historia de una forma cercana y sencilla; llegando a desconectar al público de la historia que se representa.

Por otro lado, Kosky ha querido ser fiel al espíritu de Janáček y no ha forzado el humor en la obra (solo rozando la pantomima en momentos puntuales, como en la huida de la zorrita o los momentos del gallinero), ni ha intentado ofrecer un espectáculo para público infantil; rebajando la diferenciación de personajes a los colores de sus ropas. En su lugar, el espectáculo ha sido ideado con la intención de hacernos vivir la urgencia de una reflexión sobre cómo la humanidad se relaciona con el planeta. Algo que, efectivamente consigue.

En la parte actoral, disfrutamos del elegante barítono sueco Peter Mattei como el emotivo Guardabosques; de la soprano Elena Tsallagova, experta en el papel de la zorrita astuta; y de Paula Murrihy como el zorro que la enamorará. El trío protagonista nos ofrecen una gran asociación escénica y una verosímil asociación contra el humano que trata de cazarlas. Junto a estas tres figuras de la lírica, me gustaría destacar el trabajo de Milan Perišic, como el incansable cazador Harasta, y del tenor David Alegret, quien nos presenta un cuidadoso Maestro de Escuela y un gracioso mosquito.

En la parte coral, indicar que el Coro del Gran Teatre del Liceu no tiene mucho recorrido en la opera, a diferencia del Cor Infantil de l’Orfeó Català, quien está prácticamente presente en casi todos los cuadros de la ópera.

En la parte musical, alabar el gran trabajo del director musical, Josep Pons, quien como gran conocedor del compositor, realizó una lectura magistral de la obra y llevó a la orquesta a realizar una interpretación excelsa de la partitura.

Con La Guineueta Astuta de Leoš Janáček el Gran Teatre del Liceu de Barcelona levanta, una vez más, el telón de una nueva temporada que nos ofrecerá una programación desafiante y destacada.

Crítica realizada por Norman Marsà

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