novedades
 SEARCH   
 
 

29.09.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Memorias de Adriano – Crítica 2025

Hasta el 12 de octubre de 2025, el Teatro Marquina de Madrid acoge Memorias de Adriano, una adaptación teatral de la novela de Marguerite Yourcenar. Protagonizada por Lluís Homar, esta coproducción entre el Teatre Romea y el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida llega a la capital tras su estreno en el pasado mes de agosto.

El espectáculo se basa en la novela homónima, una «falsa autobiografía» en la que el emperador romano Adriano, en el ocaso de su vida, le confía sus recuerdos a su sucesor, Marco Aurelio. A través de este relato íntimo, Adriano rememora su vida, su poder, sus pasiones y sus contradicciones, dibujando una figura tan magnífica y sabia como ciega y solitaria. El montaje teatral, según la nota de prensa, transforma esta autobiografía en una «falsa personificación», explorando la soledad del poder y la figura pública del emperador.

Bajo la dirección de Beatriz Jaén, la dramaturgia de la obra corre a cargo de Brenda Escobedo, quien se basa en la traducción de Julio Cortázar. El reparto lo encabeza Lluís Homar en el papel de Adriano, acompañado en el escenario por Cris Martínez, Álvar Nahuel, como Antínoo; Marc Domingo, Xavi Casan y Ricard Boyle.

La decisión principal para ver esta obra en escena fue, obviamente, la presencia de Lluís Homar y la dirección de Beatriz Jaén. Como ya hizo en Breve historia del ferrocarril, Jaén ha demostrado una habilidad para insuflar vida a textos que podrían considerarse «ladrillos» de historia, y aquí no fue la excepción. Contra todo pronóstico, la obra me entretuvo de principio a fin, lo que fue una grata sorpresa.

A medio camino entre la crónica histórica y el monólogo confesional, el texto de Yourcenar ha servido como un lienzo literario inagotable para explorar los laberintos del poder, la filosofía y la soledad humana. Su llegada a los escenarios de Madrid no es un simple traslado del papel a las tablas, sino una inmersión en la psique de un emperador, un hombre que, a pesar de haber gobernado un vasto imperio, se enfrenta al final de su vida con la misma fragilidad que cualquier mortal.

Esta versión de Adriano, magistralmente interpretada por Homar, se revela en muchos momentos como el Humbert Humbert de Lolita, con una obsesión y una relación malsana de sumisión hacia Antínoo. La twinka parece salirse con la suya, conquistando a un sugar daddy dom top pero, a pesar de su poder de atracción, no puede escapar de una dinámica tan cuestionable y problemática. Aún con su trágico final, el personaje logra, a través de dinámicas de poder y juegos sexuales no consensuados, una victoria moral sobre el emperador que le perseguirá el resto de su vida, y hasta hoy, por toda la eternidad.

El acompañamiento en escena del séquito solo cobra relevancia y lo siento oportuno en el tramo final, cuando sus personajes parecen mejor definidos y su inclusión en la historia es valiosa. Toda la primera parte, sin embargo, su presencia me resultó «ruidosa», como la perenne música de fondo, que recuerda a un documental de National Geographic, y un abuso de la videoescena como soporte lumínico, que no aporta más que distracciones.

La pieza se presenta como una dualidad: por un lado, una «emocionante película de romanos» y, por otro, un «íntimo relato de un hombre en diálogo con su historia, con la Historia». Esta ambivalencia es la clave del espectáculo. No se trata solo de revivir un pasado glorioso, sino de interrogarse sobre la condición humana a través de la figura de un líder. El monólogo final, donde Adriano se prepara para legar el poder a Marco Aurelio, es un momento culminante que condensa no solo la historia de un imperio, sino la confesión de un hombre que ha tocado los límites de la experiencia, y a pesar de ser un abusador, su formación y buen juicio (en todo lo no relacionado con lo afectivo-sexual), le han reservado su lugar en la historia.

En definitiva, Memorias de Adriano, con la impecable interpretación de Lluís Homar y la sensible dirección de Beatriz Jaén, promete ser una obra que nos invita a reflexionar sobre la soledad del poder y el peregrinaje existencial. Es un viaje al interior de uno de los personajes más complejos de la historia, una travesía que, a pesar de estar ambientada en el siglo II, resuena con una vigencia asombrosa en nuestros tiempos, y la audiencia retro dirá que este montaje es woke, al dejar patente que Adriano nombró como tierra a Palestina; interesante «twist» argumental, ante el genocidio actual perpetrado en esos territorios.

Crítica realizada por Ismael Lomana

Volver


CONCURSO

  • COMENTARIOS RECIENTES