
El Teatro Clásico comienza la temporada en su sede de Madrid con Fuenteovejuna. Rakel Camacho aborda una actualización del texto de Lope de Vega en el que consigue la filigrana de respetar su esencia y construir una propuesta propia impactante tanto sensorial como narrativamente.
Fuenteovejuna es una de esas piezas que, aunque escrita hace más de cuatrocientos años, sigue latiendo con una actualidad asombrosa. Lope de Vega partió de un episodio histórico —la rebelión del pueblo cordobés contra la tiranía del Comendador— para construir un relato de dignidad colectiva frente al abuso de poder. Hoy, en un mundo atravesado por liderazgos brutales, fracturas sociales y discursos de violencia, la pregunta que plantea la obra (¿cómo acabar con la injusticia?) suena rabiosamente actual. La célebre respuesta del pueblo unido, Fuenteovejuna lo hizo, resulta un eco necesario con el que empoderarnos.
La aproximación de Camacho, primera mujer en dirigir este título en la Compañía Nacional de Teatro Clásico, logra un equilibrio tan reverente como fascinante. Respetar el verso barroco y, a la vez, hacerlo sonar cercano, corporal, encarnado. La musicalización de ciertos pasajes (Raquel Molano, Pablo Peña y Darío del Moral), tanto en la voz de los actores como en partituras que irrumpen en escena, amplifica la potencia del texto y lo convierte en un latido colectivo. La escenografía (Mónica Borromello), ingeniosa y atrevida, juega con elementos móviles y recursos visuales que generan un dinamismo imparable, nada queda congelado, todo se transforma al ritmo de la acción. El escenario resulta un organismo vivo en el que la violencia, la ternura y la rabia encuentran un cauce expresivo y siempre sorprendente.
Uno de los mayores logros de esta propuesta está en la dirección de actores. El elenco, más de veinte integrantes, funciona como un verdadero coro, donde cada voz y cada gesto se integran en una sinfonía grupal, pero sin anular la individualidad de cada intérprete. Cada personaje tiene su espacio de brillo, desde la desgarradora Laurencia hasta los campesinos que, en apariencia secundarios, son piezas fundamentales de la trama. Un entramado de presencias con el que subrayar el mensaje de Lope de Vega, nadie es más que nadie y juntos somos más.
La ambientación visual y sonora refuerza este carácter total de la experiencia. El vestuario (Rosa M. García Andújar) combina texturas contemporáneas con ecos históricos, construyendo un tiempo ecléctico que nos acerca la acción de la obra sin traicionar su origen. La caracterización (Lolita) subraya la violencia y el desgaste de los cuerpos sin caer en el efectismo. La iluminación (Pilar Valdevira), por su parte, desempeña un papel narrativo decisivo: marca transiciones, dibuja atmósferas y acentúa tensiones dramáticas con precisión. Elementos artísticos bien concebidos y manejados que logran condensar la energía del relato y acompañar la emoción sin robarle protagonismo.
El resultado final es más que notable. Rakel Camacho no pretende reescribir a Lope, sino escucharlo desde hoy. No hay revisionismo impostado, sino la convicción de que un clásico puede ser radicalmente contemporáneo si se lo interpreta con honestidad y visión. Fuenteovejuna no habla solo del siglo XV o del siglo de oro, sino de cualquier comunidad que se planta frente a la injusticia. Y eso, más allá de etiquetas académicas, es teatro vivo. Justo el teatro que necesitamos.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




