
Un breve paseo por la estancia es la primera toma de contacto que tienen los espectadores con la escenografía de No puedo dejar de lavar los platos, obra escrita y dirigida por Paula Casales (bajo la producción de la compañía Merienda Dramática) y representada la semana pasada en el Umbral de la Primavera de Madrid.
Minutos antes de comenzar la función, un miembro del equipo técnico invita al público que espera fuera de la sala a recorrer el espacio antes de sentarse y a contemplar con calma el propio escenario. No hay prisas entre los presentes. Cientos de objetos se despliegan por la estancia, configurando pequeños altares íntimos de nostalgia, cariño, obsesiones y amor.
Paula Casales, quien protagoniza la pieza junto a Paula Gironi, Carla Chaves y Raquel Fuentes, teje una narración en torno a la identidad y a cómo esta se construye a partir de la relación con uno mismo y con quienes nos acompañan a lo largo de la vida. El relato arranca desde lo más elemental: el significado del nombre de su personaje. “Paula Cristina, que significa ‘pequeña cristiana’”, explica durante la interpretación. “Me llamo pequeña cristiana en una familia de ateos.” ¿Podría la definición de tu propio nombre condicionar tu vínculo con el mundo, con los demás o contigo misma?,
No puedo dejar de lavar los platos es una sucesión incesante de preguntas sobre quiénes somos realmente. Un ensayo visual en el que la directora indaga en la formación —y quizá también en la disolución— de nuestra propia imagen. ¿Somos por nosotros mismos? ¿Existimos a través de los otros? ¿La ausencia puede llegar a definirnos? Estos interrogantes flotan a lo largo de la obra, mientras los personajes se desprenden poco a poco de sus fachadas, sus manías, inquietudes y obstinaciones.
La autora explica que la obra surge de “la necesidad de soltar”. Ese es el sacrificio que propone: aprender a habitar los recuerdos sin quedar presos de ellos. Así, las imágenes que marcan nuestro contexto, los objetos que nos rodean, las memorias lejanas o los gestos heredados se ensamblan en un relato con forma de puzle, que remite en su esencia a creaciones teatrales como Los gestos, de Pablo Messiez, o Los nuestros, de Lucía Carballal; obras que también exploran cómo los vínculos y los apegos modelan nuestra identidad.
La obra funciona para el espectador como un ejercicio íntimo: reflexionar en torno a uno mismo es, en última instancia, su verdadera esencia. La carga emocional que atraviesa la pieza se diluye gracias a un tono en parte humorístico, sostenido por la interpretación de las actrices, que se mueven con desparpajo y valentía, y por un diseño sonoro que combina ritmos techno con canciones populares españolas, generando un contraste tan inesperado como revelador.
La fórmula funciona y se disfruta con frescura y calidez. La obra consigue que cada espectador atraviese un pequeño viaje personal, entre la introspección y la risa compartida, sostenido por la complicidad de las intérpretes y la riqueza de los recursos escénicos.
Crítica realizada por Judith Pulido




