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25.09.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Llogatera – Crítica 2025

El Teatre Akadèmia de Barcelona inicia la nueva Temporada 2025-26 con Llogatera; un monólogo escrito por Paco Gámez, dirigido por el director novel Ruben de Eguía e interpretado por Júlia Truyol (integrante de La Calòrica), que trata la crisis de la vivienda en la gran ciudad a través de un humor cínico y mordaz.

Llogatera es el viaje apasionante y frenético de una chica que se ve obligada a dejar su piso de 38m². Una comedia amarga con diferentes invitados: la madre, un amante, el propietario, un alumno, la mujer de la inmobiliaria, la socorrista, un miliciano…

Nuestra protagonista tendrá que enfrentarse a sus miedos: el futuro, las expectativas y el fracaso, la precariedad, la soledad… y su dificultad para pasar a la acción. ¿Cómo actuar contra un sistema que le expulsa cuando no es suficiente ser suficiente? ¿Cómo aferrarse a su castillo de 38 m²?

Llogatera es simplemente un recuerdo duro de la sociedad actual. En una Barcelona gentrificada y repleta de turismo y ex-pads, ser joven (o no tanto) y poder mantener un piso de alquiler con los sueldos que actualmente se pagan, es algo completamente inaudito. ¿Qué pasa con esas personas que desean independizarse y cuyo sueldo no supera los 1200 EUR al mes? Que realmente, debido a la sobre-explotación de los alquileres, deben compartir piso con 3 o 4 personas más y olvidar la opción de tener una intimidad propia.

Esto es lo que le ocurre a la protagonista de nuestra historia. Su arrendador decide duplicarle el precio que está pagando por un piso antiguo y minúsculo en el barrio del Born, porque quiere convertirlo en un piso turístico/vacacional de corto periodo. Este cambio hará que nuestra protagonista colapse frente a su Goliat particular, rogando y casi arrastrándose para conservar ese zulo que ha conseguido llamar hogar.

Paco Gámez consigue retratar fielmente, con algunas licencias de extremos delirios revolucionarios, la sociedad en la que vivimos: una sociedad acostumbrada a priorizar el Yo junto al dinero y el enriquecimiento personal.

Su texto es crudo y real. Cualquiera que haya tratado de buscar un piso en la ciudad de Barcelona, y hablamos de un piso de alquiler (el tema de la compra ya es otra historia), puede sentirse altamente identificado con él. Algo malo ocurre cuando una joven de 30 años de edad, con un contrato fijo y una vida más o menos encarrilada, no puede permitirse acceder al mercado de la vivienda de alquiler y debe relegarse a compartir o, incluso, a volver arrastrándose a casa de los padres.

Júlia Truyol pone voz y cuerpo a esa legión de jóvenes que lucha por conseguir las ansiadas cuatro paredes. Su interpretación es excelente, desplegando un sinfín de registros y alejándose de los papeles a los que nos tiene acostumbrados con La Calòrica. La actriz defiende el texto de Gámez de una forma estoica, pero también nos hace partícipes de los cambios continuos de humor que sufre su personaje para tratar de superar ese gran muro que separa la sociedad normal de la privilegiada. Su notable felicidad se romperá en mil pedazos al leer el burofax que le avisa de que debe abandonar el piso en un plazo no superior a 3 meses… Su mente congestionará al tratar de entender qué ha hecho mal, pero sencillamente el problema no es ella. El problema es que la ciudad ya no es para los ciudadanos. Penoso, pero cierto. No deben quedar casi barceloneses en Barcelona.

La dirección de Ruben de Eguía consigue transmitir la necesaria neurosis que exuda el personaje principal, Núria, para crear una dinámica que no deja de escalar a cada minuto que avanza. Paso a paso, y con un humor irónico e hiriente que agradecemos, Eguía nos mantiene en vilo hasta que llegamos a la trinchera. Una progresión necesaria para que entendamos la psique de un personaje en el que nos vemos reflejados desde el minuto uno.

En la parte técnica, destacar el trabajo de escenografía de Ona Grau, la iluminación de Mireia Sintes y el espacio sonoro de Guillem Rodríguez; tres grandes pilares de la obra que ayudarán a Truyol a remover nuestras heridas de una forma admirable.

Llogatera es una obra necesaria para darnos cuenta que las ciudades cada vez nos pertenecen menos. Que la oligarquía, de forma silenciosa, y con la excusa del turismo, ha vuelto a ejercer su poder para desplazar a los autóctonos y convertir la ciudad en un negocio al que no todo el mundo puede acceder. No hay frase más clara para entenderlo que la que indica la protagonista a mitad de función: «La soledad se ha convertido en un producto gourmet que no puedo permitirme».

Crítica realizada por Norman Marsà

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