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22.09.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Un dios salvaje – Crítica 2025

Un Dios Salvaje se presenta sobre las tablas del Teatro Alcázar de Madrid para diseccionar la sociedad contemporánea. El libreto original corre a cargo de Yasmina Reza, en una versión y adaptación de Jordi Galcerán, bajo la dirección de Tamzin Townsend y con un reparto de lujo que ofrece una actuación coral inmejorable.

La versión cinematográfica realizada por Polanski dio popularidad a la trama construida por la dramaturga en clave de cuatro personajes con un sencillo planteamiento: un niño ha pegado con un palo a otro en un parque y los padres de ambos se reúnen para hablar de la situación y acordar una declaración amistosa para sus seguros. Pero a medida que avanza la obra, las conversaciones van desmoronándose y los personajes comienzan a revelar sus verdadera naturaleza. Las interacciones entre ellos se vuelven más tensas y violentas y las discusiones inicialmente racionales se convierten en ataques personales y descalificaciones.

Un Dios Salvaje es una obra en la que el individualismo juega un papel clave. A través de los comportamientos y las interacciones de los cuatro personajes, Reza expone una crítica profunda a cómo el egoísmo moderno puede afectar la dinámica social, destruyendo la cohesión social y la capacidad de colaboración entre las personas.

Vivimos en una época en la que el individualismo se celebra como un valor central, especialmente en las sociedades capitalistas donde se refuerza constantemente la autonomía y la independencia del individuo. Se impulsa la noción de que cada persona debe ser responsable de su propio destino, lo que se traduce en la erosión de los lazos comunitarios y en una creciente desconfianza y falta de consideración hacia el otro. Qué maravilloso es el teatro cuando supone un espacio de encuentro donde representar las realidades de nuestra sociedad, y cuando una de las claves para transmitir de manera efectiva es el uso del humor. En este caso, lejos de trivializar los temas, el humor los hace más accesibles porque rompe barreras y relaja a los espectadores y espectadoras y también predispone a escuchar, reflexionar y, en algunas ocasiones, a reconocerse en lo que se ve sobre las tablas.

Uno de los grandes aciertos de esta obra es que cuenta solamente con cuatro personajes, lo que hace que cada actuación sea fundamental para el desarrollo de la trama. No hay personajes secundarios: todos tienen el mismo peso escénico y todos atraviesan una evolución que nos hace reflexionar, reír y, a veces, sentirnos incómodos con lo que estamos viendo. La interacción entre Luis Merlo, Natalia Millán, Juanan Lumbreras y Clara Sanchís fluye de manera natural para que la obra funcione con el ritmo y la intensidad que se requiere en cada momento. Las miradas, los gestos, los silencios, las interrupciones y las explosiones emocionales están perfectamente coordinadas, dando la sensación de que todo surge de manera espontánea. La actuación de Sanchís es simplemente magistral, por lo que me gustaría destacar su gestualidad profundamente expresiva. Resulta admirable la capacidad de la actriz para transitar distintos estados emocionales dentro de un mismo papel. Por otro lado, me sorprendió notar que en varios momentos, Merlo no vocaliza con la claridad esperada, cuestión que dificulta en cierta manera seguir con precisión el contenido de sus intervenciones. En conjunto, y más allá de este detalle puntual, el elenco logra un trabajo sólido que sostiene con fuerza la propuesta teatral.

En cuanto a los aspectos técnicos, la obra se sostiene sobre un diseño escénico cuidadosamente fusionado. La iluminación -a manos de José Manuel Guerra– acompaña con precisión los cambios de atmósfera y emociones, subrayando momentos clave sin imponerse. El diseño sonoro -del que se encarga Andrés Belmonte-, por su parte, aporta profundidad, sin distraer de la acción. La escenografía y el vestuario también contribuyen a crear un mundo escénico sólido y creíble. En conjunto, todos estos elementos técnicos se integran de manera fluida, al servicio de la dirección y el trabajo actoral.

En España, Un dios salvaje debutó en 2008 en este mismo teatro con Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú, Antonio Molero y Pere Ponce. Justo el día que asistí al teatro se dio una coincidencia particularmente emotiva: entre el público se encontraban los actores y actrices que protagonizaron la obra en su estreno en nuestro país. Al finalizar la función, subieron al escenario para fundirse en abrazos, risas y algunas lágrimas con el elenco actual, generando un momento profundamente conmovedor. Para completar esta hermosa casualidad, también estaba presente la directora, Tamzin Townsend, quien logra un equilibrio perfecto entre la interpretación de los actores y actrices y la puesta en escena. Un detalle inesperado que añadió un valor emocional enorme a la experiencia.

Crítica realizada por Patricia Moreno

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