
La directora Rakel Camacho se deja llevar por la poderosa estética del cineasta alemán Fassbinder y lleva Las amargas lágrimas de Petra von Kant a las tablas del Teatro Bellas Artes de Madrid. Una experiencia seductora que es capaz de llevar al púbico desde la fascinación hasta lo más oscuro del abismo de la fogosidad amorosa.
Se acaba el verano, sí. Pero con este final llega una nueva temporada teatral. Y es que vivir en una ciudad como Madrid es un privilegio para quienes amamos el teatro: cada escenario guarda una historia, cada semana nace una nueva propuesta y la oferta cultural es tan amplia como apasionante. Este mes arrancan muchas obras y yo he decidido empezar mi temporada particular con Las amargas lágrimas de Petra von Kant en el Teatro Bellas Artes, una historia que promete emoción, profundidad y ese tipo de catarsis que solo el arte puede provocar.
Una pieza emblemática del dramaturgo y cineasta alemán Rainer Werner Fassbinder, estrenada en 1971 y adaptada al cine un año más tarde. Esta versión recupera la historia clásica con una puesta en escena potente y visualmente impactante, fiel al dramatismo exaltado del cineasta, pero con un enfoque contemporáneo que resuena de alguna manera en la actualidad. La propuesta de Camacho abraza cada elemento – luz, vestuario, espacio escénico, cuerpos…- y lo pone al servicio de una estética que atraviesa a los espectadores y espectadoras. Una dirección cuidadosamente construida sobre lo visual pero sin descuidar el conflicto emocional que atraviesa a los personajes.
El argumento gira en torno a Petra von Kant, una exitosa diseñadora de moda que, tras separarse de su marido, vive enclaustrada con su asistente y secretaria Marlene, a la que trata como una especie de esclava. Contar con un elenco de lujo es uno de los aciertos de este espectáculo. Ana Torrent, Aura Garrido, Maribel Vitar, Julia Monje y María Luisa San José destacan por una química palpable que trasciende el escenario y que se traduce en una experiencia teatral auténtica. Cada actriz parece estar en sintonía perfecta con sus compañeras, generando una dinámica que no solo potencia la fuerza de sus respectivos personajes, sino que también crea un tejido emocional sólido y creíble que se refleja en cada mirada, cada gesto y en cada silencio. Sin embargo, me gustaría destacar a Torrent porque está soberbia deambulando por ese complejo personaje protagonista lleno de aristas emocionales; y a Monje, con una actuación construida enteramente desde lo gestual, donde cada movimiento comunica más que un millón de palabras.
Con Luis Crespo a cargo de la escenografía y un vestuario creado por Pier Paolo Álvaro y Roger Portal que combina elementos futuristas y un estilo rebelde, la propuesta técnica es impecable. Además, el maquillaje refuerza esa identidad visual única que acompaña el texto y potencia desde lo simbólico y lo estético. Esta cuidada dirección artística logra captar la esencia fassbinderiana, pero a su vez aporta una mirada personal que la transforma en una obra con voz propia. El espacio sonoro, del que se encargan Pablo Peña y Darío del Moral, refuerza la atmósfera emocional de cada escena: acompaña y, en ocasiones, golpea. El diseño de iluminación, a manos de Mariano Polo, modela el espacio a través de las sombras y los contrastes. Escenografía, iluminación, sonido, vestuario y maquillaje no funcionan como algo aislado, sino como parte de un engranaje para que todo fluya con naturalidad. Un maravilloso trabajo conjunto cuidado al detalle.
Volver a encontrarse con el teatro tras el parón estival es, en sí mismo, un motivo de celebración. Pero cuando el regreso se da con una obra que no solo entretiene, sino que deja huella, la alegría cobra un sentido más profundo y duradero. Las amargas lágrimas de Petra von Kant es una magnífica elección para volver a la butaca.
Crítica realizada por Patricia Moreno




