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16.08.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Las troyanas – Crítica 2025

Las troyanas, la tragedia que Eurípides escribiera en el siglo IV a.C., ha sido la obra protagonista de la última semana de la 71 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Versión adaptada entre Isabel Ordaz y Carlota Ferrer, protagonizada por la primera y dirigida por la segunda, fiel a su estilo performativo y conceptual.

El texto escrito por Eurípides en el año 415 a.C. es, ante todo, un lamento coral por las víctimas de la guerra. Su acción se despliega tras la caída de la ciudad de Troya. La ciudad arde, los hombres han sido exterminados y las mujeres aguardan su destino como botín de los vencedores. Hécuba, Casandra, Andrómaca y Helena desfilan una a una para mostrar el precio de la derrota, cada cual atrapada entre la humillación y la resignación.

El mensaje que Eurípides lanza resuena con la fuerza de lo inmutable: la guerra no tiene héroes, solo víctimas, y las primeras en padecer sus consecuencias son siempre las mujeres. En esta versión, lo que contemplamos es el resultado del trabajo de Carlota Ferrer sobre una adaptación que firma junto a Isabel Ordaz, quien además se auto concede el papel de Hécuba, guía y corazón del montaje.

El sello de Carlota Ferrer se percibe con nitidez. La directora, acostumbrada a entrelazar lo performativo con lo teatral, despliega una estética híbrida en la que la palabra convive con estímulos visuales y conceptuales. Un pequeño monitor de vídeo reproduce continuamente imágenes bélicas. Al tiempo, un cubo que semeja ser una tienda en el campo de batalla sirve para proyectar una brutal apertura, dos sátrapas entregados a la gula sobre un mantel que resulta ser la antigua Grecia. Súmese a estos detalles o puntualidades, la apertura y varios interludios performativos, de gran fisicidad, que funcionan como capas añadidas de contemporaneidad.

Esta estrategia busca sacudir al espectador, tender un puente entre el dolor clásico y los horrores políticos del presente, recordándonos que los ejércitos siguen arrasando ciudades y que las mujeres, ayer como hoy, continúan siendo botín. Sin embargo, estas capas de significado no siempre logran un equilibrio narrativo. La intención de abrir ventanas hacia nuestro tiempo es evidente, pero la yuxtaposición entre lo clásico y lo actual —por ejemplo, en un vestuario que oscila entre túnica arcaica y trajes de ejecutivo— provoca un contraste que más que iluminar, distrae.

El montaje alcanza sus momentos más sólidos cuando abandona esos ornamentos y se centra en lo que verdaderamente sostiene la obra: la voz de sus mujeres. Isabel Ordaz, como Hécuba, impone una mezcla de resiliencia y abnegación que resulta hipnótica, capaz de sostener la tragedia sobre sus hombros. Junto a ella, Esther Ortega compone una Andrómaca desoladora, madre rota que encarna con hondura el sacrificio y la impotencia. Es ahí, en la palabra y la carne de estas intérpretes, donde late la verdad de Eurípides que también encarnan Mina el Hammani y María Vázquez.

Los clásicos son atemporales, y por eso su mensaje funciona sea cual sea el ropaje que se les ponga. El desafío de cada adaptación está en que la fábula brille tanto o más que el estilo de quien la traslada a escena. No es este el caso, donde prima la estética de Ferrer que el eco presente del autor helénico. Sus troyanas quedan limitadas por su lenguaje por haberla puesto al servicio de la particularidad de una mirada actual.

Queda por ver cómo funcionará este montaje fuera de la solemnidad del Teatro Romano de Mérida. El marco grandioso de su escenario potencia su dimensión trágica, pero también condiciona, pues todo parece filtrado por esa monumentalidad. En espacios más reducidos o menos espectaculares, tal vez los pasajes performativos ganen densidad y eficacia, aunque también puede ocurrir que Hécuba, Casandra, Andrómaca y Helena pierdan parte de la fuerza que aquí les confiere la monumentalidad. El tiempo y la gira dirán. Mientras tanto, el texto de Eurípides ahí sigue, con una vigencia inquebrantable, esperando que sepamos mirarlo con la reverencia y la sobriedad que merece.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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