
Gritos. Oscuridad. Terror. La mujer de negro, dirigida por Rebeca Valls, se representa estos días en el Teatro Alcázar de Madrid. Esta adaptación teatral del inquietante relato de Susan Hill, llevada a escena por Stephen Mallatratt, propone mucho más que una narración de fantasmas. Es una celebración del propio hecho teatral.
La propuesta, con la intención de desmarcarse tanto del libro original como de sus versiones cinematográficas, apela al metateatro: un actor profesional es contratado por un abogado para representar una historia que este necesita contar y exorcizar, en la que fue testigo de la maldad de un ente espectral durante una visita profesional a una remota localidad. Lo que sigue es una función dentro de la función, donde los intérpretes encarnan, ensayan y reconstruyen la tragedia personal del protagonista.
Esta estructura de muñecas rusas convierte a la obra en un brillante ejercicio de metateatro, en el que lo que resalta es el pacto implícito entre actor y espectador: se convoca al público a imaginar aquello que no está —desde un carruaje tirado por un caballo hasta el denso mar o la niebla—, y esa imaginación se convierte en uno de los grandes recursos del montaje.
Pero, lejos de apoyarse solo en la palabra, esta versión hace un uso ejemplar de los elementos técnicos. El diseño sonoro de Víctor Lucas y el ilusionismo de Nacho Diago sostienen el terror como atmósfera constante. No buscan solo acompañar, sino que construyen el miedo desde lo invisible. Algunos momentos, incluso, logran sorprender con trucos inesperados que arrancan exclamaciones y sobresaltos. Por otro lado, el uso de efectos de ilusionismo impresiona e intensifica lo fantasmagórico del relato.
En este juego, los actores se lucen. Jordi Ballester interpreta al actor que, a su vez, interpreta al protagonista del relato; mientras que Diego Braguinsky asume el rol de Kipps original, quien se convierte en narrador, testigo y en todos los personajes secundarios que pueblan la historia. Ambos, comprometidos con sus papeles, construyen una dupla actoral que consigue sumergir a los espectadores en una historia fascinante, llena de matices.
La mujer de negro es, así, mucho más que una obra de miedo. Es una declaración de amor al teatro, a su capacidad de sugestión y de invención compartida. Es también una apuesta por un género poco explorado en la escena española —el terror— y consigue reinventar una historia conocida para que el miedo emerja, con fuerza, en la oscuridad de la sala.
Crítica realizada por Judith Pulido




