
El estreno de una nueva ópera en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona siempre es bienvenido, pero más aún cuando se trata de una obra del maestro (teóricamente ya retirado) Antoni Ros-Marbà, que ha firmado con libreto de Anthony Carroll Madigan una obra lírica sobre la vida y muerte del pensador Walter Benjamin: Benjamin a Portbou.
De entrada, un halago para la producción: anunciada como una «ópera semiescenificada» los juegos de luces de Playmodes Studio y Andreu Fàbregas, troncales para la obra, junto con la leve pero suficiente escenografía, no dieron sensación incompleta en momento alguno. En una ópera construída alrededor de escenas repartidas en el tiempo, adelante y atrás por la vida de Benjamin en varios países (de Moscú a Ibiza), un decorado al uso no hubiera tenido mucho sentido. Por el contrario contrario, las iluminaciones rotatorias permitían una variada sucesión de significados añadidos a la escena, desde una sencilla estantería donde colocar una colección de libros a laberintos, engranajes e incluso fugaces esvásticas evanescentes y el implacable rojo de la Rusia de Stalin.
Importantísima también la dirección escénica de Anna Ponces, en una ópera sin grandes arias (excepto quizás la de Asja Lacis –Elena Copons– y las del Angelus Novus –Serena Sáenz-), porque lo que nos permite comprender la evolución de Benjamin y de la gente que le rodea son sobre todo las interpretaciones dramáticas de los actores.
En ese sentido es quizás el tenor Peter Tantsits el mejor Walter Benjamin posible, dotado de fluidez, ágil humor incluso, graves y agudos puestos al servicio de la peripecia vital de un hombre que pensó mucho sobre lo que dijeron otros, huyendo del utilitarismo mecanicista, y solo hacia el final de su vida comenzó a plantearse lo que debería hacer él. Tantsits aporta profundidad y expresividad con sus gestos, a una figura que podría fácilmente volverse arisca, ya que «la pureza de sus ideas contrasta con su vida» (machista, dandy, superior moral sin base que pretende explotar al burgués no para el beneficio general sino el personal).
Entre idas y venidas de los pensamientos de un Benjamin que reflexiona sobre su vida durante la huida a través de los Pirineos junto a un grupo de exiliados, una figura simbólica: el jorobado (Lluís Marquès). Feo, desagradable, encorvado bajo el peso de su inmensa mochila, y necesario, ya que a veces mantiene a raya a la muerte: el símbolo del mismísimo exilio forzoso.
Hay otro elemento abstracto representado en escena, este quizás la anti-metáfora: el Angelus Novus, con una espectacular presentación por encima de la luz, a diferencia de todo lo demás, terrenal. Serena Sáenz simboliza, con su maravillosa voz de soprano lírica, la epifanía que marcó la transición de Benjamin desde la religión organizada que nunca acabó de interesarle más que académicamente a una espiritualidad filosófica que, junto a su amistad con Bertolt Brecht (David Alegret) acabarán llevándole a la acción. Como la propia obra dice, «los sueños también son parte de la historia».
Musicalmente, Ros-Marbà emplea disonancias, entre Britten y un poco jazz, que nos ubican en la época tumultuosa entre la Primera Guerra Mundial y el auge del nazismo, ya desde el arranque de la pieza, con ecos de la Vuelta de La vuelta de tuerca pero con un giro: los coros, muy armónicos, representando los intentos de armonía de gentes diversas, gente coún que huye de un entorno inquetante.
Recitativos repletos de citas (¿re-citativos?) parecen la mejor forma para acercarse a Walter Benjamin, un hombre que quería hacer un libro entero hecho de citas ajenas como legado de su propio pensamiento. En una Europa donde mandan las autoridades de individuos únicos, huir de ello dejándose llevar por lo mejor de 600 voces del pasado. Porque parece imposible ponerse a cantar de verdad en una Europa que se desmorona y en la que los de arriba miran para otro lado.
La muerte de Walter Benjamin a las puertas de Portbou es, para muchos, lo único que conocen de este personaje. Quizás, irónicamente, algunas de sus citas. Pero esta ópera pone en pie un viaje nada fácil pero satisfactorio por la vida y las imperfecciones de un hombre como muchos y como ninguno que sucumbió al nazismo… para no dejar que otros sucumbieran.
Crítica realizada por Marcos Muñoz




