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21.07.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Grand Canyon – Crítica 2025

El Grec Festival es uno de los acontecimientos culturales más esperados del calendario barcelonés, donde confluyen los estrenos de propuestas escénicas de teatro, danza y música. Una de ellas es Grand Canyon, que pude ver en La Villarroel de Barcelona; un texto potente que firma Sergi Pompermayer y dirigido con maestría por Pere Arquillué.

Esta historia forma parte de una trilogía en la que Pompermayer lleva tiempo trabajando, centrada en el continente americano. Como él mismo ha explicado, la idea nace de una relación de amor-odio que mantiene con ese territorio y que ya le llevó a estrenar en el mismo teatro América, un montaje que fue un éxito rotundo. Ahora llega Grand Canyon, que todo apunta a que seguirá el mismo camino.

Con un elenco de auténtico lujo, esta dramaturgia explora, principalmente a través de su protagonista, Pere, los lugares a los que puede llevarnos la frustración de lo no alcanzado, de los sueños incumplidos, de ese vacío que se hace más presente cuando la vida nos enfrenta a momentos difíciles. En contraposición, entre todos los personajes emerge la luz de Ruby, la hija de Pere, que con solo dieciocho años se atreve a mirar de frente todo aquello que su padre ha preferido esquivar.

Para que el espectador acompañe a los personajes hasta esas profundidades emocionales, el trabajo de Pere Arquillué en la dirección del montaje y de los actores ha sido fundamental, algo que no sorprende a quienes conocen su trayectoria como actor de excelencia. Y aunque América dejó el listón muy alto, con temas especialmente delicados que le daban un plus a la propuesta, Grand Canyon, como complemento y segunda pieza de la trilogía americana, ahonda —quizá de forma más abrupta— en cuestiones que tanto el texto de Pompermayer como la dirección de Arquillué han sabido poner sobre la mesa con acierto.

Arquillué, además, ha sabido rodearse de un equipo técnico que aprovecha hasta el último rincón del particular escenario de La Villarroel. Max Glaenzel firma una escenografía minuciosa, donde conviven tres espacios perfectamente integrados en uno solo, lo que permite al espectador no solo observar, sino sentir más cerca la historia. Lo mismo ocurre con el vestuario de Bárbara Glaenzel, la iluminación de Jaume Ventura, los audiovisuales de Francesc Isern —indispensables para el viaje final de Pere— y el espacio sonoro del siempre acertado Damien Bazin (escuchar de fondo Lonely Boy de The Black Keys fue un regalo). Todo, como un engranaje bien afinado, convierte este espacio de pequeño-medio formato en un gran viaje personal que se vuelve colectivo.

Si los nombres de Pompermayer y Arquillué ya son garantía cuando hablamos de teatro, reunir en un mismo reparto al elenco de esta propuesta es, sin duda, un logro sobresaliente, casi una suerte. Joan Carreras, como siempre, está impecable y conmueve. De interpretar a un burgués de clase alta barcelonés en América a encarnar a Pere —un hombre de la Catalunya profunda, exbatería de una banda de rock, que soñó con ser una estrella y que ahora apenas consigue trabajos para mantener a su familia, mientras fuma y bebe más de lo que su entorno desearía y al que, de repente, le cambia la vida y no precisamente para mejor—, y hacerlo tan bien en ambos extremos, con esa capacidad para habitar cada personaje desde la verdad más cruda, es lo que convierte a Carreras en un actor imprescindible.

Su compañera de vida en escena es una Mireia Aixalà a la que últimamente no le faltan proyectos, y con razón. Aixalà demuestra, una vez más, su capacidad para transformarse en lo que quiera. En Grand Canyon encarna a una Angi al borde del abismo emocional: una mujer rota por una vida sin magia, atrapada en una rutina que ha ido apagando sus sueños y desdibujando su identidad, y que además ve desmoronarse la familia que tanto le ha costado construir. Verla llorar de emoción —sin saber si era Angi quien lloraba o Mireia Aixalà, aunque yo apostaría a que era la actriz— mientras escucha el discurso final de su hija, Ruby, fue uno de esos momentos en los que la ficción se funde con la verdad. La emoción era palpable también en Carreras, en el resto del elenco y en la sala entera. Una escena que se convirtió en clímax no solo narrativo, sino humano. Y que reafirma, una vez más, que Aixalà es una de las grandes.

Guillem Balart, como ‘Juanju’, no solo borda su personaje una vez más: es, sin duda, uno de los grandes atractivos de la función. Tiene esa capacidad extraordinaria de llevar a muchos de sus personajes al borde del absurdo sin que eso incomode al público; al contrario, logra hechizar a la platea desde el primer momento. Este Juanju es deleznable, sí, pero claramente un ser tan perdido que acabas cogiéndole cariño. Y todo eso es mérito del soberbio trabajo actoral de Balart. Otro grande que, por suerte, Barcelona tiene muy presente.

El resto del elenco lo compone Mar Pawlowsky, Maria Morera y Eduard Buch a quienes es la primera vez que veo en una función de teatro. Pawlowsky interpreta a Tatiana, la prostituta. Aunque no es un personaje protagonista, ocupa un espacio enorme en el escenario en cada intervención. Sin abrir la boca, solo con su movimiento —o con la ausencia de él—, pero con una gran presencia y ejerciendo las veces de conciencia, se convierte en una pieza clave para darle forma a esta historia. Morera, por su parte, y pese a su juventud está a la altura del resto del experimentado elenco aportando fuerza, pasión, y actuando como contrapunto de su padre todo el tiempo. Y Buch ejecuta de forma intachable a ese Miqui, otro personaje también frustrado y equivocadamente enamorado de quien no le corresponde.

Durante el Grec se verán muchas obras. Algunas nacerán para brillar solo durante el festival; otras, con suerte, iniciarán aquí un recorrido más largo. Entre estas últimas, ojalá se encuentre Grand Canyon, de Sergi Pompermayer. Ya estamos deseando recibir la tercera parte y completar este viaje creativo, escénico y emocional hacia el nuevo continente.

Crítica realizada por Diana Limones

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