
¿Es la juventud una bendición o una condena? El Teatro Pavón de Madrid acoge estas semanas El dios de la juventud, una obra escrita y dirigida por Alma Vidal que cuestiona sin tapujos uno de los grandes temas de nuestro tiempo: la juventud como mito sagrado al que rendir pleitesía. Pero, ¿qué significa realmente ser joven?
La pieza, compleja y estimulante, recurre al metateatro para construir un relato en capas que entretiene y obliga a reflexionar a partes iguales. Gonzalo, protagonista interpretado por Antonio Hernández Fimia, escribe una obra teatral sobre Amalia, una dramaturga que, tras crear su texto perfecto, decide suicidarse antes de enfrentarse al inevitable paso del tiempo. En este proceso, Gonzalo lidia con las rutinas, cotidianidades, atisbos de ilusión y frustraciones que trae consigo la propia vida.
La obra desmonta la fantasía que gira en torno al concepto impuesto de juventud, ligado a la belleza, el talento, el éxito y la felicidad, y que a menudo genera más angustia, incertidumbre y miedos que plenitud. Indaga en las complejidades de la existencia, en sus contradicciones, en sus momentos de belleza y en la conexión con uno mismo y con los demás. En este sentido, la dramaturgia evita ofrecer respuestas fáciles y, en su lugar, plantea preguntas abiertas.
La juventud se alza como eje central de la obra desde que se despliegan otras grandes cuestiones: el arte, la creación, el ego, el fracaso. Vidal propone un montaje que rehuye la complacencia y la evasión, apostando por un teatro que provoca, que invita a pensar y que conmueve desde la verdad incómoda. Un teatro que no pretende complacer, sino acompañar al espectador en la incomodidad de sus preguntas.
En un momento, uno de los personajes califica la obra de “barroca”, generando en el protagonista una respuesta que resume con sutileza el pulso de la pieza: no es la complejidad el problema, sino la falta de atención, de escucha y de pensamiento en un tiempo que prefiere la inmediatez y la facilidad. Una sociedad que vincula la juventud con la prisa y el brillo efímero, con la belleza y el éxito, olvidando que también puede ser un espacio de búsqueda, de contradicción y de pausa.
El dios de la juventud es enrevesada, desbordante, llena de pliegues, pero profundamente estimulante. El humor ácido y la ironía se combinan para aligerar la densidad de los temas que aborda, permitiendo que el público transite por la incertidumbre de crecer, el vértigo de no saber qué hacer con el propio talento, con el fracaso o con el éxito. La escenografía dinámica de Iván López-Ortega, la música de Marc Servera y una iluminación cuidada crean un espacio transformable que acompaña a los personajes en su viaje emocional.
El elenco es otro de los grandes aciertos de la función. Marta Poveda, Antonio Hernández Fimia, Nacho Almeida y, especialmente, Natalia Llorente, quien brilla interpretando con versatilidad a la madre, la hermana y la exnovia de Gonzalo, aportan una energía magnética y un registro actoral que transita de la comicidad a la vulnerabilidad con gran naturalidad.
El dios de la juventud no es una obra ligera, pero sí profundamente estimulante. Su ritmo ágil y su humor permiten al público adentrarse en un universo complejo sin perder el pulso de lo humano.
Crítica realizada por Judith Pulido




