
Julio convierte Barcelona en un hervidero cultural, gracias especialmente al Grec Festival, que este año celebra su 49.ª edición. Entre las nuevas propuestas -nacionales e internacionales- en los diferentes espacios de la ciudad, destaca El monstre, en la Sala Beckett del Poblenou, un proyecto que Josep Maria Miró escribe, dirige y estrena especialmente para la ocasión.
El texto de Miró gira en torno al miedo, que actúa como hilo conductor de esta historia contada a tres voces. Ambientada en un entorno rural sin nombre, la obra reflexiona sobre la necesidad que tiene el ser humano de crear monstruos, ya sea como forma de protegernos de ciertos recuerdos o como respuesta a aquello que no sabemos gestionar. La pieza también plantea qué ocurre cuando esas figuras, reales o simbólicas, vuelven a aparecer.
La dramaturgia tiene una densidad que acompaña la complejidad del tema que aborda. Se trata de un ejercicio teatral exigente, que requiere un notable esfuerzo por parte de los actores, obligados a transitar constantemente entre distintos estados emocionales que cambian en cuestión de segundos. A esto se suman los saltos temporales, las conversaciones en paralelo y en uno de los casos, hasta los cambios de personaje casi inmediatos, lo que convierte el montaje en un reto tanto para el equipo artístico como para el espectador.
Joan Negrié, Albert Prat y Áurea Márquez han sido los seleccionados para convertirse en el monstruo, en Santi y en Berta respectivamente. Negrié, además de al monstruo, interpreta al zorro herido que salvan Santi y Berta (con el que también se juega a generar miedo) y hasta, en momentos, parece interpretar la personificación del propio miedo.
Los tres intérpretes están a un alto nivel y firman actuaciones de gran solidez, aunque en esta ocasión destacan especialmente Negrié y Prat. El primero brilla por la precisión con la que construye sus personajes: su voz penetrante y su mirada profunda, que en muchos momentos rompe la cuarta pared para dirigirse directamente al público, lo confirman como una elección ideal para este rol. En el caso de Prat, sus transiciones entre niño, joven y adulto —en un intento por rescatar recuerdos heridos y donde el miedo se mezcla con la rabia— logran congelar la platea en más de una ocasión. Áurea Márquez, con un personaje más contenido y reservado, pisa el escenario con la seguridad de una actriz de largo recorrido y gran experiencia.
Esta apuesta arriesgada —por el texto y por su desarrollo escénico— se salda con un sobresaliente. Es un proyecto que se cuece a fuego lento en el espectador. Al apagarse las luces, uno queda en cierto estado de shock por lo que acaba de presenciar, ver y escuchar. Pero a medida que pasan las horas, incluso los días, y la experiencia se va paladeando con calma, la obra gana fuerza y se revela como una pieza interesante, que ha buceado con profundidad en el interior de sus personajes y en sus miedos, muchos de ellos compartidos por quienes la observan desde la platea.
Parte de la huella que deja este montaje tiene que ver con el excelente trabajo técnico realizado en el diseño de escenografía, vestuario e iluminación, aprovechando además la singular arquitectura y la atmósfera íntima de la Sala de Dalt de la Beckett. La propuesta visual del escenario, a cargo de Albert Pascual y totalmente desnuda, capta con precisión la negrura asociada a los sentimientos más oscuros, como el miedo. La estética de los personajes, del mismo Pascual, es sencilla pero eficaz. En el caso de el monstre, su atuendo se presenta como una segunda piel negra que envuelve a la criatura. La atmósfera lumínica, de Toni Ubach, adquiere un protagonismo especial: la ausencia de luz, los contraluces y los claroscuros se convierten en herramientas de expresión que acompañan todo el tiempo a los actores y que refuerzan la temática y el tono de la obra.
El monstre es, en definitiva, una nueva apuesta del ya consolidado Josep Maria Miró —autor de piezas como El cos més bonic que s’haurà trobat mai en aquest lloc, Temps salvatge o Cúbit, por mencionar solo algunas— que encuentra en el Grec y en la Beckett el marco perfecto para presentarse. Una propuesta que, por su profundidad y su forma, merece continuar su recorrido en la próxima temporada, para el disfrute de quienes aman el teatro. Sin necesidad de añadir calificativos: el teatro, cuando es así, se basta por sí solo.
Crítica realizada por Diana Limones




