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30.06.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Rusalka – Crítica 2025

Rusalka, la gran obra de Dvořák y cumbre de la ópera checa, vuelve tras muchos años al Gran Teatre del Liceu de Barcelona en una producción conjunta con el Teatro Real de Madrid, el Palau de les Arts de Valencia y la Staatsoper de Dresde. La corte del genio acuático Vodnik se ha transformado ahora en bailarinas…

Esta producción de Rusalka reconoce las similitudes con La sirenita de Hans Christian Andersen en varias formas sutiles (desde la estatua de Edvard Eriksen a algún ingenioso guiño a la de Disney), pero se diferencia totalmente tanto por la concepción dramática original del autor como por el montaje que dirige Christof Loy, con unos monumentales espacios palaciegos llenos de detalles metafóricos diseñados por el escenógrafo Johannes Leiacker.

Asmik Grigorian interpreta a una Rusalka tan pura como insatisfecha. La soprano y bailarina, ideal para este papel, presenta al principio una cojera que representa su incapacidad de sentir que encaja en el mundo bajo el lago de sus hermanas ondinas. Ansiosa por ir al mundo de arriba y unirse al príncipe del que se ha enamorado (Piotr Beczala), atractivo y veleidoso, aunque su padre Vodnik (Aleksandros Stavrakakis), genio de las aguas, se lo desaconseja, también cede a su amor y le indica que la bruja Ježibaba (deliciosa Okka von der Damerau entre dos aguas) puede hacerla humana. Pero hay más en juego que la voz de Rusalka, que pierde como en el otro relato: si el príncipe no la ama ambos quedarán malditos para siempre, y en cualquier caso nunca volverá a ser aceptada por sus hermanas.

Y lo que Rusalka se encuentra tras ser acogida en palacio es un entorno que utiliza a las mujeres de todas las formas posibles, representado por un baile orgiástico. Su rival, una taimada princesa extranjera (Karita Mattila), es la única capaz de manejar más o menos la situación a su conveniencia, y de darle al príncipe la pasión desbordante que Rusalka, más pura y acuática, no siente. Solo esa princesa y la bruja parecen ser mujeres que controlan su sexualidad, una porque la usa y la otra por su condición ajena a la sociedad. El príncipe malinterpreta la muda frialdad de Rusalka y esta huye, para acabar convertida en un espíritu de la muerte en el pantano. Y en el tercer acto, el arrepentido príncipe la encuentra, abandonada y maldita, y aunque sabe que será su final, le pide un último beso, que le lleva al más allá… ¿y a la redención?

Drama, por tanto, con un sentimiento fatalista muy propio de la tradición checa (y extraordinariamente encarnado por el Vodnik de Stavrakakis), pero plagado de momentos hermosos como la encomendación de Rusalka a la luna o los bailes de las ondinas, inocentes aún en sus juegos persecutorios amorosos en comparación a la brutal sexualidad imperante en tierra. Sin belleza, la tragedia no es más que crueldad. Del mismo modo vuela por la pieza una suerte de pugna entre lo ideal y lo real, el amor entre Rusalka y el príncipe no es falso, pero ambos sienten que hay algo que no funciona y los actores representan muy bien ese choque entre la razón y la emoción, entre lo esperado y los sentidos, en la que no somos exactamente dueños de nuestros actos ni de nuestros sentimientos.

Un conjunto espléndido que entiende que esta pieza requiere niveles de actuación y baile muy superiores a los de la mayoría de óperas y que ha conseguido un elenco ideal para tal efecto, incluso en secundarios como Manel Esteve y Laura Orueta que despliegan los pocos momentos que representan a la gente más cercana al propio público, o el enigmático David Oller, un cazador Lovec a caballo entre dos mundos. Todo al servicio de unas ideas originales y del nuevo equipo sobre la obsesión, el deseo, la insatisfacción y la diferencia entre el amor y la pasión.

Es una ópera en tres actos de una hora cada uno que con los dos entreactos se va a las cuatro. Puede hacerse un poco larga por la ausencia de grandes árias más allá del primer acto, pero en todo momento la interpretación del elenco es encomiable, e incluso el final se guarda aún una grata sorpresa en boca del príncipe de Beczala. Recomendable para fans de Úrsula, más que de Ariel…

Crítica realizada por Marcos Muñoz

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