
Sergio Peris-Mencheta vuelve a los Teatros del Canal de Madrid con Blaubeeren, adaptación de la obra original escrita y estrenada por Moisés Kaufman y Amanda Gronich. Un ejercicio teatral potente con su unión de texto riguroso, montaje dinámico y dirección precisa y holística.
Blaubeeren nos cuenta la donación al Museo del Holocausto de EE.UU. del álbum Hockner en 2007. Más de un centenar de imágenes sobre la vida lúdica y social, alegre y ociosa, de los oficiales nazis, de los gestores y trabajadores, de Auschwitz. Instantáneas que sacudieron la memoria histórica y en las que un joven alemán reconoció a su abuelo, iniciando una vertiginosa investigación sobre su pasado y abriendo la puerta a que otros descendientes lidiaran con tan incómodo legado.
El montaje que Peris-Mencheta presenta llega en un momento especialmente pertinente. En el que muchos luchan por preservar la memoria histórica y otros niegan, a pesar de las evidencias en lugares como Gaza y Ucrania, que la historia no se puede repetir. Tal y como se escucha en un determinado momento de la obra, los genocidios comienzan con las palabras. Tomemos nota de cómo cualquier contexto cotidiano puede ser el caldo de cultivo de lo que se está fraguando o el ruido que silencia lo que ya está ocurriendo.
Sergio lleva años construyendo montajes vibrantes, donde el dinamismo es la norma: Ladies Football Club, ¿Quién es el Señor Schmitt?, Lehman Trilogy, Una noche sin luna, Cielos… Obras en las que la escenografía, el sonido, la iluminación y el movimiento fluyen con energía, como también lo hacen en esta ocasión gracias al excelente trabajo de profesionales como Alessio Meloni, con una escenografía fundamentada en paneles móviles que evocan los muros del campo de concentración.
O las proyecciones de Emilio Valenzuela, con las que las fotografías entran y salen del escenario generando una sensación de investigación en tiempo real. Súmese a ello el sonido de Benigno Moreno y la partitura musical de Joan Miquel Pérez, interpretada sobre el escenario por los ocho intérpretes que conforman el elenco. Desde ritmos cotidianos hasta momentos suspensivos, la música envuelve sin dramatizar, pero condiciona cada transición. Y como colofón un continuo movimiento escénico, una construcción en la que cada actor (sobrios, precios y ajustados a sus papeles todos ellos), cada personaje y gesto aporta significado a la investigación en vivo en la que se involucra al espectador.
Aunque es fácil de ver y seguir, Blaubeeren también sorprende e incomoda. No purga ni da respuestas fáciles, muestra cómo el mal se hace cotidiano entre la rutina de la costumbre y la falsa racionalidad de las normas que rigen nuestra convivencia. Inevitable no acordarse de Hannah Arendt y de su banalidad del mal. Un cauce intelectual, emocional y moral en el que recorremos fotografías, nombres y relaciones familiares hasta toparnos con preguntas inevitables ¿Podría ser yo un engranaje de un horror mayor? ¿Qué hubiera hecho yo de haber estado allí? ¿Presiono para averiguar o rehúyo el dolor del pasado? Cuando la brutalidad se normaliza, ¿contribuyo a ella o la denuncio?
Crítica realizada por Lucas Ferreira




