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El Teatro Valle-Inclán de Madrid acoge La Patética, propuesta escrita y dirigida por Miguel del Arco que traza un paralelismo entre un director de orquesta contemporáneo y el compositor ruso Piotr Ilich Chaikovski. La obra, coproducida por el Centro Dramático Nacional y Teatro Kamikaze, parte de una premisa poderosa, pero su desarrollo resulta desigual y menos conmovedor de lo esperado.
La sexta sinfonía de Chaikovski, conocida como La Patética, da título y sentido a esta producción. Última obra del compositor, estrenada nueve días antes de morir el 6 de noviembre de 1893 a los 53 años, ha sido interpretada como un mensaje de despedida. Su estructura inusual, cerrada con un adagio que se apaga lentamente, y su intensidad emocional la convierten en un testamento artístico que resuena con la figura de un hombre atrapado entre el genio musical y la represión de su homosexualidad. Nunca reconocida oficialmente y aún hoy silenciada en Rusia, del Arco edifica a partir de ella un símbolo de invisibilidad, miedo y renuncia, en una metáfora que traslada al personaje encarnado por Israel Elejalde. Un director de orquesta moribundo que pretende culminar su carrera realizando una grabación en estudio de esta partitura mientras se enfrenta a sus fantasmas, su legado y su identidad.
Pero lo que comienza con fuerza y sugerencia pronto se ve lastrado por una dramaturgia que no consigue unificar tono ni ritmo. La contraposición entre el mundo elevado del arte —representado por la música, la cultura y la sensibilidad del protagonista— y el universo popular del que proviene —con padres iletrados, un barrio humilde y una infancia de carencias— se resuelve mediante estereotipos. Ni lo culto transmite sublimidad ni lo cotidiano adquiere dignidad dramática. El protagonista que nos guía se construye más desde la tesis que desde el conflicto, y la atmósfera de su conflicto interior se diluye entre pasajes de reflexión forzada.
La crítica al autoritarismo y la homofobia del régimen de Vladímir Putin, convertido incluso en personaje interpretado por Juan Paños, resulta demasiado obvia. El señalamiento de la censura y la violencia carece de sutileza, o de eficacia dramática, y reduce el alcance político de la obra. De igual modo, la advertencia sobre aquellos homosexuales que se alejan del activismo por resignación o interés propio solo queda mencionada, pero no analizada. El mensaje se verbaliza, pero no se vive.
Donde sí brilla el montaje es en algunos aspectos interpretativos y técnicos. Francisco Reyes sobresale por su caricatura lúcida del mundo de la crítica, el periodismo cultural y las redes sociales, aportando un aire irónico y refrescante. Jesús Noguero, por su parte, construye un personaje sereno y auténtico. El resto del reparto –Jimmy Castro, Inma Cuevas y Manuel Pico– cumple sin desentonar. En lo relativo al trabajo artístico, la escenografía de Paco Azorín, que reproduce un estudio de grabación en dos niveles, funciona extraordinariamente, mientras que la iluminación de David Picazo crea atmósferas íntimas y tensas, elevando lo emocional donde el texto no lo alcanza.
Teniendo en la memoria la trayectoria de Teatro Kamizake y Miguel del Arco con hitos como La función por hacer, Arte, Hamlet o Antígona, y a pesar de ser una propuesta cuidada, con momentos lúcidos y buena factura visual, La Patética resulta una idea poderosa, pero que se queda a las puertas de ser realmente conmovedora.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




