
El Teatro de la Zarzuela de Madrid ofrece un programa doble durante el mes de abril: El bateo, de Federico Chueca y La Revoltosa, de Ruperto Chapí; dos sainetes líricos de patio de vecinos, enredos amorosos y celebraciones varias, una, acercándola a la actualidad, y la otra, alejándola a una estética refinada de los años 50.
La dirección musical del programa doble es de Óliver Díaz y Lara Diloy, dirección de escena de Juan Echanove, escenografía y vestuario de Ana Garay; iluminación de Juan Gómez-Cornejo, coreografía de Manuela Barrero y videoescena de Álvaro Luna y Elvira Ruiz Zurita.
En El bateo el bautizo del pequeño se ve amenazado por un padrino ateo y anarquista, una paternidad en cuestión y un ajuste de cuentas de una traición amorosa; con el trasfondo de un Lavapiés colorido y blanquísimo, que nos aleja de una representación de la actualidad del barrio para llevarnos a una fantasía idealizada del borrado racial. En La Revoltosa, la fantasía nos traslada a un ambiente de verbena en el que la libertad de Mari-Pepa (Sofía Esparza) se ve cuestionada y envidiada por sus convecinxs, y tres mujeres orquestarán una encerrona a los golfos de sus parejas.
Una vez disfrutado el programa doble, y contando con la plana dirección de escena de Juan Echanove, quizás comenzar con La Revoltosa y terminar con El bateo le hubiese venido bien al resultado final para terminar con la duración más corta y el ambiente más festivo del libre de Antonio Paso y Antonio Domínguez. La Revoltosa, aka Mari-Pepa, de Sofía Esparza luce palmito pero poco luce en escena con un Felipe (Javier Franco) que perpetúa en escena un modelo relacional que quizás necesitaba una revisión. El preludio musical que presenta la acción es de una épica castiza que pone los pelos de punta, gracias a la perfecta ejecución de la dirección de escena de Óliver Díaz y la Orquesta de la Comunidad de Madrid.
El trío conformado por Blanca Valido, María Rodríguez y Milagros Martín (Soledad, Encarna y Gorgonia) es lo más disfrutable de La Revoltosa, ya que sus parlamentos y protagonismo, ganados gracias al número recuperado de 1897, son todo un acierto y rebajan la gravedad a todo el lio amoroso que parece mas un castigo que un placer.
El bateo, ya sea porque la comicidad del sainete está más patente, se menciona la lucha de la clase obrera, el anticlericalismo y el socialismo y el anarquismo (la existencia del personaje de Wamba hizo que 40 años de censura cayeran sobre la pieza); la disfruté tanto como ver que Lara Chaves volvía estar en escena con una fantástica Nieves, madre de la criatura. Milagros Martín, como la Sra. Valeriana vuelve a estar fantástica en su rol, como lo está como Gorgonia en La Revoltosa.
Si hay algo a mencionar de El bateo, que chirría tanto como ese Lavapiés «oh-so-white» es el movimiento escénico de los bailarines y figurantes, una decisión para la que me falta el contexto, pero que distrae y desconcierta, quitando el foco de la acción principal. Si ya de por si es chocante que la mendicidad en este fantastico Lavapiés sea directamente hobo chic, que la figuración consista en complicadas figuras coreográficas en el extremo opuesto de la acción o sobrepoblación del escenario en muchos momentos; crea toda una serie de distracciones que no favorecen al resultado final de la pieza. El número de los organilleros en huelga es excelente, y la ejecución y presentación en escena marcan que la voz sobre un fondo desnudo trasmite mucho mas que una ingente cantidad de figuración y coro que transite por el escenario sin ton ni son.
Crítica realizada por Ismael Lomana




