
La sala Francisco de Nieva del Centro Dramático Nacional de Madrid acaba de tener en cartel Vulcano, de Victoria Spunzberg, una comedia de misterio sobre una familia lidiando con el drama de un incendio en su comunidad. Aquí no hay quien viva meets The Office meets White Lotus de extrarradio.
Vulcano está dirigida por Andrea Jiménez, y el reparto lo conforman Pilar Bergés, Iván López-Ortega, Albert Ribalta, Eneko Sagardoy y Macarena Sanz. La escenografía es de Judit Colomer Mascaró, la iluminación de Juan Gómez-Cornejo, vestuario de PIERPAOLOALVARO y el espacio sonoro de Lucas Ariel Vallejos.
Un cámara (Iván López-Ortega) y una redactora (Pilar Bergés) entrevistan a un padre de familia (Albert Ribalta) como testigo y héroe de un incendio en el edificio en el que viven, en el cual murió Alba, la vecina PCD a la que daban asistencia y compañía. El testimonio de padre e hija (Macarena Sanz) huele a chamusquina y comienzan toda una serie de pesquisas para desentrañar el misterio, en el que la versión del hijo (Eneko Sagardoy) será crucial para desvelar la verdad.
Vulcano es un true crime teatral, un whodunnit, una home invasion y una comedia costumbrista, todo a la vez en el mismo espacio y en 90 minutos. Quizás es demasiadas cosas a la vez en todas partes. Quizás es que el tono es demasiado histriónico para abarcar todos los registros que se les pide al elenco.
Puedo entender comentarios de mi círculo que van desde que Vulcano es de lo peor que han visto este año, como que la historia y cómo se cuenta no les interesa en ningún aspecto; y también quiero decir que solo en el estirado tramo final me pesó la duración estándar del montaje. Toda esta temporada le metería tijera a todos los espectáculos, hasta a los que me gustaron mucho (que son pocos).
Pilar Bergés es la interpretación más equilibrada de todo Vulcano, y el personaje con mayor coherencia de todos. Los giros argumentales que tocan a Macarena Sanz y a Iván López-Ortega son tramposos y Albert Ribalta es tan caricaturesco que de extremo es inverosímil. La dirección de Eneko Sagardoy está pasada de vueltas y si el juego con cámara inicial se hubiese centrado en reacciones de los personajes y no en darles una profundidad que no es necesaria en un vodevil oscuro como este, quizas, y solo quizás, su ejercicio estaría justificado, pero es que es un registro tan extremo con tanta exigencia física y tanta gestualidad borderline que no hay por donde cogerle. Y en lo que se pide de él está excelente, pero es demasiado para tan poco.
Vulcano está contemplado como un complejo entramado de hilos y chinchetas que esclarezcan el misterio del incendio, pero sus tramas están cogidas con alfileres y el trasfondo (drama social, crítica de la industria televisiva, precariedad laboral, el extractivismo de la cultura de barrio) es tan fino como papel de fumar. La voluntad del proyecto parece que es teatro comercial con postureo Off y recursos del todopoderoso CDN. Vulcano quiere abarcar mucho pero aprieta poco.
El espacio sonoro de Lucas Ariel Vallejos es confuso y deficiente, y el video no funciona porque quizás cuando debe transmitir casi telerrealidad la proyección a pantallas fallaba y el delay en la voz con la imagen no ayudaba. La propuesta escénica de Judit Colomer Mascaró es correcta, afinada, lo más acertado y certero junto a la Bergés, pero precisamente ese desnudar la escena para que el peso se lo lleve la palabra, cuando la palabra tiene tan poco poder, quizás es otro derroche de recursos del proyecto.
Vulcano me entretuvo, me divirtió, me hizo reír y sonreír con las referencias meta y me exasperó en sus excesos y su afán acaparador de géneros. Menos es más, y si no, uno se quema por dentro.
Crítica realizada por Ismael Lomana




