
Un suave balanceo entre el trágico dolor y la comedia morbosa. Vulcano, obra escrita por Victoria Szpunberg, dirigida por Andrea Jiménez y representada en el Teatro Valle-Inclán (Centro Dramático Nacional) de Madrid, es esa herida abierta que no puedes dejar de rascar. Durante unos segundos, da gusto quitarse la costra, pero cuando brota la sangre, empieza a doler.
La obra, que estuvo en cartel hasta el pasado 13 de abril, explora la gestión del trauma desde un enfoque que conjuga con armonía el lirismo, el humor y la crítica social. El texto cuenta la historia de una familia humilde que recibe en su vivienda a un equipo de televisión interesado en documentar un trágico accidente ocurrido el año anterior, cuando su casa se incendió y murió la vecina con discapacidad a la que cuidaban.
La cámara irrumpe en escena desde el primer momento, grabando todos los detalles cotidianos: la disposición de los platos sobre la mesa, el orden de la cocina o la decoración del salón. Pero no se detiene ahí. Impulsados por el afán de mostrar una realidad forzada, moldeada a su antojo, los miembros del equipo de filmación no dudan en manipular cada elemento: la luz, la forma, el espacio. Así comienza este documental dentro de la ficción, a través del engaño: tanto de quienes filman como de quienes cuentan.
La crítica que subyace es clara, pero lo interesante es también el montaje. Jiménez narra esta historia mediante una estructura de investigación criminal que capta de inmediato el interés del público. ¿Quién es el culpable de la tragedia? ¿Es posible señalar a alguien? ¿Es lícito sentir dolor? ¿Qué esconde el silencio? Son preguntas que uno se formula a medida que avanza la pieza, cuyo texto penetra y obliga a sumergirse en un laberinto de confusión e intriga.
Sobre el proceso de escritura, Szpunberg admite: «Andrea tiene una forma particular de trabajar, que es haciendo residencias. Digamos que no escribo yo sola el texto en mi casa, sino que escribo 20 páginas, planteo la historia, los personajes. Entonces hacemos una residencia de una semana o diez días con los actores, y ese texto se cuestiona, se sacude, se comparte. A partir de ahí, de asistir a esta residencia, yo observo a los actores, la escucho a ella, tomo nota, y de ahí reescribo. Y así, con dos residencias, hasta que en la tercera ya llega el texto definitivo».
El resultado es un alocado viaje que transita entre emociones dispares con elegancia y delicadeza, apoyándose de forma sublime en el cuadro La fragua de Vulcano, de Velázquez, para desvelar —a través de su simbolismo— los temas centrales de la obra: los claroscuros entre luces (Apolo iluminando la sala) y sombras (el dios de la guerra oscurecido tras el fuego), la superioridad moral frente a la indefensión de los más débiles, la angustia existencial…
La escenografía, diseñada por Judit Colomer Mascaró, convierte la pieza en una proyección artística con la textura del propio cuadro barroco, sin por ello perder la esencia ni la modernidad que la escena requiere: el escenario es casa, literalmente, y también es plató de televisión, reforzando así la tensión entre representación y realidad.
Las interpretaciones son otro de los puntos fuertes del montaje. Albert Ribalta da vida a Manuel con una ternura conmovedora, mientras que Eneko Sagardoy encarna al hijo con una intensidad que alcanza su clímax en un estremecedor monólogo final. Macarena Sanz, en el papel de la hermana, se convierte en el eje emocional de la obra: su personaje funciona como guía que interpreta la obra pictórica a través de la narrativa teatral. Pilar Bergés e Iván López-Ortega, como reportera y cámara, componen un dúo tan irritante como hipnótico, generando una tensión que impulsa buena parte del conflicto.
Vulcano es, en definitiva, una experiencia teatral que se atreve a mirar de frente el dolor y a cuestionar nuestras formas de consumirlo. Una obra que no solo emociona y hace reír, sino que también incomoda y remueve.
Crítica realizada por Judith Pulido




