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17.02.2025 Teatro  
A la fresca – Crítica 2025

Pablo Rosal y Los Despiertos Producciones se unen para trasladarnos A la fresca. Diálogos a tres entre Alberto Berzal, Israel Frías y Luis Rallo en Nave 10 Matadero de Madrid para sentirnos que somos todo eso que decimos por decir mientras vemos la vida por pasar. Un espectáculo basado en la verbigracia de la palabra y el simple hecho de estar. Un sí, pero no y un no, pero sí.

Alberto Berzal es Manolo, un chapuzas que lo mismo te construye una cabaña en la finca de un chalet que te da soluciones con la que sobrellevar el calor y el frío. Israel Frías es Matilde, una mujer discreta, silente y resolutiva en la que se unen el poder de la discreción y la voluntad de estar al tanto de todo. Y Luis Rallo es Eusebio, quien veinte años después vuelve a la antigua propiedad familiar sin intención de comprometerse, pero tampoco dando muestras de retornar a allí de donde viene.

Tres personas sin nada en común, pero que comparten lugar y tiempo. A los que las circunstancias han colocado ahí, acontecimiento astral caprichoso, sin sentido ni propósito alguno, como tampoco lo tienen sus biografías ni su presente. Ellos se dejan llevar. Coinciden, confluyen y hablan, sin más. ¿De qué? De lo que sea con tal de no estar en silencio. Quizás por miedo a ese vacío. Pudiera ser que por disfrutar entre sí. A lo mejor hasta por sentir una extraña e invisible unión que desde fuera solo es explicable porque no tienen otra opción.

Eso es A la fresca. Tres intérpretes hábiles, sutiles, finos, capaces de manera individual. Unidos, compenetrados, cómplices y perfectamente fusionados como conjunto. Nada nuevo entre Alberto, Israel y Luis, ya nos lo demostraron como barrenderos nocturnos en Los despiertos (vuelven nuevamente en unas semanas al Teatro del Barrio). Y ello a pesar del estatismo en el que Pablo Rosal les sume con su puesta en escena, prácticamente anclados sobre un espacio escénico e iluminación con similar rectitud diseñado por Javier Ruiz de Alegría.

Fórmula con la que Rosal nos ha dado grandes alegrías, como con Los que hablan, pero que aquí se revela demasiado restringida. A la fresca se sostiene por los mimbres de y entre sus intérpretes, pero falta algo que vaya más de la gracia del capricho, el absurdo, el costumbrismo o la retranca de sus diferentes pasajes. Se echa en falta una construcción de fondo que nos revele sobre quienes allí coinciden, ya sea sobre cada uno de ellos, sobre lo que les une y les distancia, o sobre cualquier otro aspecto que les de un marco más que el automatismo de la espontaneidad, la interjección y el libre fluir de su muy peculiar retórica.

Una vuelta de tuerca con la que dar mayor entidad a ese juego psicoanalítico que es unirnos a otros y no ser capaces de estar sin articular palabra. Medio a utilizar no para huir, escondernos y aislarnos, sino para bucear dentro de nosotros mismos y de los unos en los otros para buscar, encontrar, liberar, compartir, construir, reflejar y reflexionar sobre qué nos hace únicos y comunes, humanos y sociales, amigos, vecinos, conocidos, familia o lo que quiera que sea que nos hace quienes y como somos.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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